Resetea tus creencias

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Apuesto que no sentías lo mismo cuando conociste al “amor de tu vida”, que después de tres años de relación. Tampoco pensabas lo mismo de esa persona cuando te encontrabas bajo los influjos químicos del enamoramiento, que cuando te divorciaste de ella. Ni tampoco disfrutaban el sexo de la misma manera cuando estaban en sus veintes, que después de su tercer hijo. ¿Qué fue lo que pasó? Las circunstancias cambiaron, ustedes cambiaron y en concordancia con esos cambios, se fueron modificando sus pensamientos, sentimientos y conductas. Lo mismo pasa en el área laboral y profesional, con los círculos de amigos y familiares, con las metas existenciales y espirituales, y en cualquier área de la vida. ¿Eres consciente de las ideas preprogramadas en tu mente que determinan la realidad en la que vives?

Ya hemos hablado de que antes de nacer fuimos programados con una serie de decretos que determinan nuestro destino. Pero una vez que nacemos, nuestros padres (principalmente), el entorno y el contexto social e histórico en el que nos desenvolvemos, van llenando nuestra mente de información e ideas que condicionan lo que creemos que somos y lo que creemos que tenemos que hacer para ser aceptados por quienes nos rodean, y así lograr sobrevivir en un mundo al que llegamos sin los recursos necesarios para lograrlo.

Estas creencias pertenecen a otros y las hacemos nuestras sin cuestionarlas, tal como si tragáramos una hamburguesa sin masticarla. Si esto fuera posible, la indigestión no nos dejaría vivir en paz. De igual manera sucede con todas estas creencias que adoptamos sin chistar solo para asegurarnos que alguien cuidará de nosotros en los primeros meses (incluso años) de vida.

Este es un proceso meramente emocional, la parte del cerebro que gestiona la razón es la última en formarse. Para cuando esto sucede, ya es demasiado tarde. El sistema de creencias ya fue programado y almacenado en la mente inconsciente. Y por si esto fuera poco, el ego funge como un centinela que sabotea cada intento que realizas para modificar la información que resguarda.

En otras palabras, el ser humano fue diseñado para ser programado durante los primeros años de vida sin que se percate de ello. Y así, sin darse cuenta, el resto de la vida las personas obedecen y replican los patrones aprendidos durante la infancia que refuerzan los condicionamientos que traen de origen. Además, lo hacen gustosas porque consideran que es lo correcto, que es lo que debe hacer una buena persona, una persona agradecida y de principios, un patriota, un hijo de determinada divinidad, etcétera. Es así que, con cada decisión que toman de manera consciente o no, eligen la realidad para la que fueron destinadas.

Esta es, justamente, la semilla de oscuridad que siembran en nosotros los tiranos que nos explotan en este plano y nosotros mismos regamos todos los días para que siga creciendo fuerte y dando frutos, muchas veces podridos, pero ni siquiera eso percibimos. Nos resulta tan normal, que despreciamos el manjar más delicioso para continuar comiendo la mierda para la cual nos programaron y a la que estamos acostumbrados, e, incluso, ¡hasta llegamos a amarla!

Antes de continuar, es prudente aclarar que no todo lo que aprendemos de nuestros padres y de nuestro entorno es negativo para nosotros. Por supuesto que hay creencias y herencias muy positivas que vale la pena rescatar y conservar. Se supone que la adolescencia es el período ideal para cuestionar el sistema de creencias aprendido y realizar una selección consciente de aquello con lo que nos identificamos y con lo que no, de lo que no favorece la búsqueda de nosotros mismos y que sí nos significa (al menos en ese momento), y nos impulsa a alcanzar nuestras metas existenciales. Pero no perdamos de vista que esto es solo una primera selección, no la definitiva. En cada etapa de la vida se debe realizar esta evaluación para evitar repetir los patrones negativos aprendidos y para actualizar los recursos internos que son necesarios para superar cada etapa.

Por ejemplo: para elegir una carrera universitaria o un oficio, algunas personas realizan una prueba psicológica para encontrar su vocación o para que les digan en qué son buenos. Otras simplemente replican la tradición familiar o fundamentan su decisión en criterios económicos, pero nunca se ponen a pensar en que la primera referencia que deben tomar en cuenta es el sistema de creencias que fue programado en su mente. ¿Qué es lo importante para mi familia en cuestión laboral o profesional? ¿El trabajo debe brindar posición social, éxito y reconocimiento, abundancia, el qué dirán? O quizás lo importante es la satisfacción personal, el crecimiento como individuos, hacer lo que a uno le gusta, el servicio social. ¿El trabajo es bueno o es malo? ¿El dinero es bueno o es malo, es el demonio o un dios al que se adora? ¿El desarrollo humano se encuentra ligado a los bienes materiales o espirituales? ¿No importa el trabajo que realices mientras tengas dinero y siempre veas por tu familia? ¿Hacer lo que me gusta y vivir de ello cumple con las expectativas que otros tienen en mí?

Por lo general, la decisión se toma desde las motivaciones inconscientes que invariablemente buscan agradar a la familia o encajar en un determinado círculo donde se obtendrá aceptación, reconocimiento, atención, protección, amor y todo aquello que es vital para cualquier ser humano en los primeros meses y años de vida. Esto sin importar si se tuvo o no durante la infancia. Estas son las necesidades primarias de todo ser humano y el instinto busca satisfacerlas en todo momento.  

Por si fuera poco, estas creencias se aprenden en la más temprana infancia, por lo tanto, resultan anacrónicas en la adolescencia y en la juventud temprana. Es decir, un bebé tiene necesidades y deseos muy distintos a las que tiene un adolescente o un adulto. El problema es que la mente no se actualiza en automático con el paso del tiempo, es preciso reprogramarla con un sistema de creencias afín a cada etapa de la vida para no ir por ahí tomando decisiones con los recursos de los que se disponía en la infancia. De no hacerlo, no solo se elije una ocupación, sino también los gustos, aficiones y animadversiones; los círculos sociales, las parejas, el estilo de relación que se establece con ellas, el tipo de familia y sus dinámicas más importantes; la ideología política y la religión. Además de la percepción de uno mismo y de la realidad; las metas en la vida y más allá de ella; y la manera de alcanzarlas, o bien, de sabotearlas permanentemente para cumplir con los designios que conforman el sistema de creencias familiar, social y generacional con el que se fue programado.

En suma, resulta fundamental conocer, confrontar y actualizar el sistema de creencias original para quitar del camino uno de los más grandes obstáculos del desarrollo humano y de la liberación de este plano. Para ello es fundamental hacer consciente lo inconsciente y resignificar las experiencias del pasado. Esto implica sanar heridas y trascenderlas. El proceso no es fácil ni tampoco inmediato, y, además, demanda disciplina, perseverancia, amor propio y valentía para enfrentar y vencer a los demonios internos.

Quizás para los devotos de la “espiritualidad de pisa y corre”, el trabajo psicoemocional no es relevante. Incluso, la new age lo descalifica o lo pueriliza. Pero no hay nada más espiritual que encontrarse con la esencia propia más allá de las estructuras materiales que nos conforman. La mente es la puerta de entrada para conseguirlo. Por lo tanto, resulta imprescindible conocer la programación con la que opera este cuerpo-mente en el que estamos atrapados para transformarla en favor de la conciencia, no del ego. Es imposible llegar lejos cuando se comienza a construir un edificio desde la azotea, hay que comenzar con los cimientos. Y mientras más profundos y sólidos sean, más alto y fuerte crecerá el edificio. El camino a casa comienza por el conocimiento, el desapego y la trascendencia del cuerpo físico y la mente. Debes conocer lo que no eres para descubrir tu verdadera naturaleza. De otra manera, no se llega lejos.

Es imposible enumerar todas las creencias habidas y por haber, pero hay algunas que están más arraigadas en la humanidad en general y bien vale la pena confrontar y resignificar a nivel interior. Sobre todo, aquellas que, a mi juicio, hay que cuestionar y actualizar con cierta frecuencia o cuando estés cambiando de una etapa a otra:

1. Las creencias sobre ti mismo y sobre las personas que amas.

2. Las creencias sobre tu vida laboral y profesional.

3. Las creencias relacionadas a la existencia de un ser superior, su verdadera identidad y el rol que desempeña este ser en tu vida.

4. Las creencias relacionadas a la gestión y desarrollo tu vida material y espiritual.

5. Las creencias que te limitan y te sabotean.

6. Los patrones de conducta que aprendiste en tu familia nuclear y replicas en tu vida actual.

7. Las creencias que determinan tus relaciones personales, familiares, laborales y sentimentales.

8. Las creencias que influyen en tus hábitos, costumbres y rutinas más arraigadas.

9. Las creencias que te hacen estar convencido de que los demás necesitan de tu ayuda.

10. Todos los “no puedo”, “no debo”, “¡cómo quisiera…!”, “si hubiera…”, “si no hubiera…”, “en el momento que pase tal cosa, obtendré tal otra” y “¡si tan solo tuviera tal cosa, mi vida sería tal otra”.

Reflexiona en estas categorías, y si es por escrito, mucho mejor. Intenta llegar lo más profundo que puedas. Cambiar de enfoque y resignificar el sistema de creencias propio, es reflejo de madurez y un paso firme hacia la emancipación. Tu esencia está sepultada debajo de todo esto. Llegó el momento te rescatarla.