Renuncias obligadas

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En la publicación anterior hablamos sobre la necesidad de renunciar a todo aquello con lo que el sistema pretende anclarnos al plano material. La oscuridad se adueñó por completo de la experiencia humana, y si bien no podemos renunciar a todo mientras estemos dentro del cuerpo físico y viviendo en la Tierra, es imprescindible soltar lo que nos ata a la experiencia humana para poder trascenderla. Lógicamente, a cada quien le toca descubrir y trabajar sus propios apegos. Sin embargo, hay algunos comunes denominadores de los que hablaremos a continuación.

El mundo no volverá a ser el mismo, lo sabes. Pero, ¿ya lo aceptaste? ¿Ya te despediste de la posibilidad de tener una vida “normal”? Más allá de las vacunas, nunca más tendrás la vida que tenías antes de todo esto. No podrás hacer nada sin acatar normativas cada vez más asfixiantes. Vigilarán cada uno de tus movimientos, tus interacciones con otras personas, tus ingresos y gastos. La clase media desaparecerá, la propiedad privada también y hasta la posibilidad de tener un criterio propio. ¿Ya renunciaste a la fantasía del estado de derecho o de seres superiores (sí, así con minúsculas) que salvaguardan tu integridad, tus derechos y libertades más básicas?

No hacerlo te ancla en la esperanza de que algo cambiará repentinamente y este oscuro futuro -cada vez más cerca- no se concretará. Vivir negando la realidad, te impide determinar tu destino. De ahí la importancia de la renuncia al sueño (o el capricho infantil) de aspirar a una vida larga, digna y abundante. Dejar ir esta fantasía mundana, te obliga a voltear a ver la alternativa que el sistema no quiere que veas: salir de aquí. Si el mundo te ofrece una vida que no quieres, entonces debes considerar buscar otra opción. Sí la hay, es tu mente quien te impide verla porque ese es su trabajo, fue programada para ello. Al renunciar de manera genuina al pasado y a la falsa esperanza de un futuro mejor, le estás diciendo a tu mente que eres tú quien manda, no ella. Esto te sitúa en automático en la conciencia, y desde ahí te es posible escuchar tu corazón y encontrar la certeza que necesitas para convencerte de que salir de aquí es el camino para quien aún tiene amor en su corazón.

Para muchos esta postura es mezquina porque implica resignarse, o peor aún, someterse de manera sumisa al sistema, al enemigo. Esta visión corresponde al arquetipo del guerrero y el bastante disfuncional rol del rescatador. Estas personas asumen -sin que nadie se los pida- la postura de “salvadores”, de “mártires” que se sacrifican de manera altruista para “comunicar la verdad”, “despertar conciencias” y “recuperar la libertad” que nos arrebataron las fuerzas del mal. Además de una tremenda incongruencia, estos seres manifiestan una pronunciada necesidad de tener el control. Ellos no quieren irse a ningún lado. Se sienten responsables de quedarse a luchar para cambiarlo todo de acuerdo a sus ideas ególatras y por demás narcisistas.

Para estos “caudillos de la conciencia” -personajes con discurso de Nueva Era, pero regidos por los paradigmas de la anterior-, en el mundo hay solo dos tipos de personas: los dormidos y los despiertos. Los primeros, según ellos, son una suerte de borregos estúpidos e ignorantes, a los que los segundos -los iluminados- están obligados a despertar para que el mundo sea un mejor lugar para todos. Estos seres dizque conscientes no se dan cuenta de que juzgan, condenan, discriminan, imponen y someten de la misma manera que la tiranía que dicen combatir. En todo caso, quienes no quieren ver la realidad tal y como es, están en su derecho de vivir en el mundo tal y como está. Son una aplastante mayoría. Somos nosotros quienes tenemos que irnos. Vivir en amor es, entre otras cosas, respeto incondicional por el libre albedrío. Y así como tú eres libre de sentir que no encajas en un mundo como el actual, ellos son libres de no ver o no querer aceptar que la realidad no es como se las pintan. Este es su mundo y ya no cabemos en él. Por lo tanto, si quieres vivir aquí, debes bailar al ritmo que marca la élite que lo gobierna. Luchar por un cambio cuando todo está perdido no solo es estúpido, sino oscuro, ya que lo que en el fondo motiva a estos mártires a “luchar por la libertad” es, principalmente, el miedo, el ego y una importante necesidad de tener el control producto de sus carencias, heridas y traumas del pasado.

Desde esta óptica, pareciera que en realidad los dos tipos de personas que hay en el mundo actual son: las que esperan ser rescatadas por algo o alguien, y las que asumen la responsabilidad de hacerlo. Ambas posturas igualmente inmaduras y disfuncionales, pero perfectamente complementarias entre sí. Las víctimas -incapaces de hacerse responsables de sí mismas-, endosan su destino a cualquiera que viene ofrecerles un cambio o una mejora. No importa si son políticos, empresarios, científicos, extraterrestres, dioses, espíritus, gurús, chamanes o influencers (o todos los anteriores). Y los rescatadores -que tampoco son capaces de hacerse cargo de ellos mismos, pero asumen que pueden hacerse cargo de otros-, toman el rol de liderazgo con tan poca empatía, que terminan sintiéndose dioses del olimpo inalcanzables por el común de los mortales o convirtiéndose en tiranos que juzgan y someten a quienes pretendían salvar.

Con base en esto, podemos deducir la enorme trascendencia de renunciar a cualquiera de estas dos posturas -la víctima y el rescatador-, para hacerse cargo de uno mismo y la propia liberación. Si en el camino se puede hacer algo por otros, maravilloso. Pero al primero que hay que salvar es a uno mismo, sin esperar a que un tercero -de este o de otros mundos- venga a hacer el trabajo por nosotros.

Y algo que viene al caso con todo esto, es la importancia de renunciar a la necesidad humana de perdurar, dejar un legado e inmortalizarse. La humanidad de hoy siente una profunda necesidad de perpetuarse y dejar una huella de su paso por el mundo. Mientras tengas esa fijación, estarás atado a la matrix. En otras palabras, por estar pensando en la gran obra te olvidas del momento presente; y es justo ahí donde se construye la realidad. Del tamaño de tu proyecto de legado, es el tamaño del grillete que te aprisiona a este plano. Desear perpetuarse, en conciencia o no, equivale a tener apegos. Esto no es vivir en amor. Amar es soltar, dejar ir, liberar. Una persona es esclava de su necesidad de permanecer vigente, tanto como lo es de su inseguridad, su desvalorización y su falta de aceptación y reconocimiento. La persona consciente se provee a sí misma de lo que la mayoría busca en los demás, se traza la meta correcta y hace lo que tiene que hacer por alcanzarla, sin expectativas de ninguna especie y sin hacerle el juego a la mente reptil y sus instintos primitivos. En definitiva, la renuncia es parte crucial del proceso de liberación de la prisión planetaria. Mi intención con esta publicación fue mostrar solo la punta del iceberg. Te toca a ti hacer tu propia lista y poner manos a la obra. Obsérvate con humildad y saca tus propias conclusiones.