Principio de realidad

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Durante los dos primeros años de vida de un ser humano, todas sus necesidades y deseos son satisfechas con tan solo llorar. ¿Hambre? Lloras y te dan de comer. ¿Sueño? Te duermes sin importarte nada. ¿Ganas de orinar? Te orinas, lloras y al rato te ponen ropa seca. A un bebé no le importa lo que tienen que hacer los adultos por satisfacerlo, que se preocupen ellos. A esto se le conoce como “principio de placer”. Por lo general, en esta etapa el bebé obtiene todo sin esforzarse por nada. Pero llega el momento en que los adultos comienzan a exigirle y las cosas cambian: “¿Quieres esto? Dime cómo se llama o no te lo doy.” “Acomodas tus juguetes o no hay televisión.” “Si me vuelvas a contestar así te tumbo los dientes.” A esto se le llama “principio de realidad”. Nos guste o no, esta es la vida. Aceptarlo es el primer paso formal hacia la madurez, algo que, en nuestros tiempos, es poco común.

La humanidad contemporánea está atorada en la etapa del principio de placer: todo debe ser inmediato, divertido, espectacular, fácil, amable, superficial, pasajero, estimulante y, de ser posible, gratuito, sin esfuerzo y sin dolor. Sin importar la generación a la que se pertenezca, en términos generales, el ser humano utiliza a los demás como objetos para satisfacer sus necesidades y deseos. Y como todo infante, no es consciente de las necesidades y deseos de los demás. Por lo tanto, exige que se cumplan sus demandas con los mismos berrinches y dramas que hace cualquier bebé.

Este hedonismo generalizado es completamente nocivo para el individuo y la sociedad en general, ya que convierte las relaciones humanas en una competencia entre niños pequeños por encontrar la fuente que satisface todas sus necesidades y deseos sin pedirles nada a cambio.

Esto lo conocen bien los políticos. Cada período electoral, se informan sobre las necesidades insatisfechas de sus electores. Esta información la traducen en propuestas de campaña que termina convirtiéndose en propaganda electoral. Después solo les resta repetirla en cada entrevista, mitin y debate para convencer a todos aquellos que buscan que alguien los mantenga instalados en su primitivo principio de placer. Lo más que están dispuestos a hacer es ir a votar el día de las elecciones (muchos ni siquiera eso) y después regresan a su zona de confort desde donde van a exigir que todas sus demandas sean satisfechas. Si el candidato no cumple como gobernante, en las siguientes elecciones votarán por otras opciones. De esta manera se perpetúa el círculo vicioso que se conoce como “democracia”.

Esto es muy evidente también en los trabajos. Hoy las personas quieren hacer solo lo que les gusta y les divierte, sin un horario y reglas rígidas que cumplir, que les quede cerca y ganen buen dinero para gastarlo en ocio, entretenimiento y todo lo que satisfaga sus cada vez más insaciables deseos. Las personas cada vez se comprometen menos, las empresas cada vez exigen más y mientras ambas sigan viendo por sus intereses y no por el bien común, la rotación de personal será cada vez más alta. Empresarios berrinchudos que explotan a sus empleados sin sensibilizarse de sus necesidades reales, de sus sentimientos, de sus problemas y su desarrollo humano. Empleados igualmente berrinchudos que no quieren que se les exija lo mínimo, que no están dispuestos a ceder ni un centímetro de su zona de confort, que no se comprometen con nada que no sea su mundo de placer infinito y van saltando de una empresa a otra buscando que alguien satisfaga todos sus deseos y necesidades sin pedirles nada a cambio. Y así como cada período electoral salen en busca de “papá gobierno” y “mamá seguridad social”, en el día a día proyectan sus carencias en “mamá empresa” y “papá jefe”, para que vean por ellos como cuando eran bebés.

Y no importa si en esa etapa primaria de su vida tuvieron o no la atención y cuidados que exigen en todos sus vínculos y círculos en los que se desenvuelven: familiares, amistosos, sentimentales, sexuales, laborales, sociales, políticos y hasta espirituales. Quienes estuvieron rodeados de adultos que satisficieron sus necesidades y deseos, exigen al resto de los mortales sigan haciendo lo mismo. Quienes no, obligan a quienes les rodean a convertirse en la fuente de satisfacción de sus necesidades y deseos que no tuvieron en esa etapa. Ambos terminan dependiendo de terceros para satisfacer sus necesidades y deseos.

Es común que cuando se encuentran con alguien que superó aquel conflicto primario y fue capaz de desarrollar un Yo –aunque sea medianamente propio–, en automático entran en conflicto y lo acusan de intolerante, insensible, macho, violento, abusador y demás adjetivos de moda. Censuran sus palabras aludiendo un discurso de odio y lo cancelan de su paupérrima existencia. No son más que niños tiranos defendiendo su inmadurez y agrediendo a todo aquel que pone en riesgo su cómoda estancia en el principio de placer.

Por supuesto que los que están instalados en esta etapa tan elemental, son los que piensan que el mundo está entrando en una era de luz y que el mesías o los extraterrestres salvarán a la humanidad, o peor aún, que los seres humanos tomarán conciencia y se liberarán de la élite y sus huestes. Uno de los fundamentos del principio de placer es evitar el dolor a toda costa. En un mundo como el actual, esta empresa resulta complicada. Por lo tanto, se protegen negando sistemáticamente toda realidad que les produzca dolor o que ponga en riesgo el suministro de la dosis de placer que necesitan para subsistir (que cada día es mayor).

Las reacciones no se hacen esperar cuando alguien los confronta con el principio de realidad: el mundo está cambiando y no para bien, ya no hay espacio para la luz. Si quieres seguir aquí tendrás que aceptar las reglas que impuso la oscuridad y renunciar a tu luz. Si no, tendrás que irte de aquí y no volver más. Pero para esto es necesario mucho trabajo, renuncias y un proceso por momentos muy doloroso. Además de tener que nadar contracorriente, con pocas personas a tu alrededor y sorteando obstáculos en lo físico, económico, laboral, relacional, psicoemocional y energético. No volverás a tener paz nunca más hasta que logres salir de aquí.

La realidad en oídos de alguien instalado en el principio de placer es como una patada en la entrepierna, un atentado contra la frágil e inestable estructura de su personalidad que pone en peligro su supervivencia en este plano. De ahí que reaccionen con sus instintos más básicos –la negación, la agresión y la huida–, a fin de protegerse de lo que consideran un riesgo vital. Una persona consciente acepta la realidad –por oscura y dolorosa que sea–, y toma las acciones pertinentes en congruencia con su esencia de luz. Bien vale la pena analizar tu situación actual desde estos dos principios. Los niños berrinchudos que se aferran al placer están firmando su sentencia de cadena perpetua en la prisión. Solo quien elige madurar y enfrentar la realidad actual desde la adultez, podrá asumirse como realmente es y salir de aquí. De manera que llegó el momento de analizar tu búsqueda de placer desde todos los ángulos posibles y en todas las parcelas que componen tu vida. Cuando vives en conciencia, el placer se transforma en bienestar, paz y libertad.

Vivir así, aún en este mundo, es posible. Solo tienes que aceptar la realidad, vivir en congruencia y asumir las consecuencias de las decisiones que tomas. No es tan difícil entenderlo, el reto es hacerlo. Atrévete antes de que sea demasiado tarde. Recuerda que el último acto de la obra ya está en marcha. Es ahora o nunca.