Miedo a reprogramarse

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Desde hace mucho tiempo sostengo que no hay peor miedo para un humano que ser uno mismo y que te rechacen. Sin embargo, creo que en estos tiempos comienza a superarlo el miedo a reprogramarse. Muchas personas tienen un agudo entendimiento de la situación actual, son sensibles ante la descomposición del mundo y conscientes de que este es el momento de salir de aquí. No obstante, resulta muy complejo renunciar a un “yo” que no se es y comenzar a buscar al verdadero. No se diga asumir un sistema de creencias tan poco compatible con la realidad imperante en el mundo, y mucho menos renunciar a las necesidades, deseos y exigencias propias de la materia.

Para profundizar en el tema, reproduzco a continuación la respuesta que di a un correo electrónico que recibí de parte de un lector que se está haciendo preguntas que nos hacemos todos en algún punto del proceso de toma de conciencia:

¿Quién soy?

Lo que crees que eres.

¿Qué creo que soy?

Lo que te dijeron que eres durante los 5 o 7 primeros años de vida, lo que te dijeron quienes te programaron antes de nacer y lo que te han hecho creer que eres durante y después de todas tus encarnaciones anteriores.  

¿Quién soy en realidad?

Eres lo que hay debajo de todo lo que te han dicho que eres. Tu yo auténtico está en el centro de la cebolla. Cada que quitas una capa te acercas más tu esencia. Pero cuidado, no te mires con los ojos del cuerpo y de la mente. Ellos solo ven lo que eres en el mundo, lo que éste te exige que seas y todo lo que te falta ser para cumplir con sus expectativas.

¿Cómo hago para quitar las capas de la cebolla?

Haciendo del desarrollo interior tu prioridad sobre cualquier otra actividad que realices. Tu empleo es importante solo para que tengas donde vivir y qué comer. No eres tu trabajo. Tu ocupación es una consecuencia de lo que eres, no al revés. No eres tu familia. En el mejor de los casos ellos fueron quienes te programaron, en el peor, son tu más grande obstáculo a superar. No eres tu pareja. Él o ella solo te perciben como una herramienta para satisfacer sus necesidades mundanas y las exigencias de su instinto, su mente y su propia programación. No eres tus hijos. Ellos tienen que aprender a ser ellos mismos y tu labor se reduce a orientarlos en ese sentido. No eres el personaje que proyectas en tus redes sociales ni tu ideología política o religiosa. Esa es la parte de ti que busca la supervivencia a través de la aceptación, el reconocimiento y la pertenencia a determinados grupos. No eres tu cuerpo. Ese montón de células es solo la cáscara de lo que eres en realidad. Hay que aceptarlo y respetarlo, pero ten bien presente que mientras más lo estimules y te identifiques con él, más te arraigas a este plano; mientras más de desapegas de los placeres que te brinda, más te acercas a tu verdadera naturaleza.

El trabajo interior es integral. Hay que tomar en cuenta lo físico, lo psicoemocional y lo energético. Todas estas variables están ligadas una a la otra. Cualquier cosa que trabajes en una de estas áreas, compleméntalo con las otras dos. Por ejemplo: si descubres un trauma en tu niñez, enfócate en trascenderlo desde lo psicoemocional primero. Acto seguido busca cómo se manifestó en tu cuerpo físico y trabaja duro para liberarlo. Por último, busca la causa energética que lo generó, puede estar en un implante energético, en un contrato “kármico”, en alguna situación que se presentó en una encarnación anterior, en la voluntad de alguna entidad que quiere perjudicarte para alimentarse de tu dolor y sufrimiento, etcétera. Un trauma, por ejemplo, te dejó muchas heridas sobre las que construiste tu identidad. Para descubrir quién eres, primero debes de trascender lo que no eres a todos los niveles.

¿Cuándo termina el proceso?

Nunca. En un proceso evolutivo siempre hay peldaños que subir.

¿Cómo sé que voy por buen camino?

Básicamente, cuando te sientes en paz a pesar de que te llueve mierda por todos lados. Cuando los ataques que recibes te sirven como un parámetro para medir tu avance. Cuando hacer lo correcto deja de representar un sacrificio. Cuando el rechazo de las masas te provoca una sonrisa. Cuando sientes compasión por aquellos que quieren cambiar el mundo y los que mantienen la esperanza en que algún día todo cambiará. Cuando dejas ir a personas significativas por amor, tanto a ti mismo como a ellas. Cuando te sientes tan incómodo en el mundo que desistes de la idea de adaptarte y de encontrar un lugar en él. Cuando el desarrollo interior deja de ser un trabajo y se convierte en un estilo de vida. Cuando percibes congruencia entre lo que piensas, lo que sientes, lo que dices, lo que haces y lo que eres. 

El ser humano fue diseñado para que no altere su programación original. Además, todo el sistema funciona para mantenerlo alejado de la tentación de hacerlo. De ahí que surja una resistencia natural al cambio que la mente produce para sabotear cada intento de reprogramación. Esto no se detiene nunca, es parte del funcionamiento de la maquinaria humana. A lo que aspira quien pretende liberarse de ese falso “yo”, es a tomar conciencia de que su mente busca descalificar cualquier intento de cambio mediante la negación, el autosabotaje y todo un arsenal de pretextos y justificaciones creadas por ella para desanimarlo. El instinto de supervivencia propio del cerebro reptil -el menos evolucionado del cuerpo humano-, dispara las alarmas para que no se lleven a cabo cambios que puedan poner en riesgo la continuidad de la vida. Y de esta manera es como la parte más primitiva de la naturaleza humana termina venciendo a la conciencia. En otras palabras, le das poder a lo mundano para arraigarse en su hábitat.

Ganarse estas batallas son parte del proceso de toma de conciencia y un arma muy útil para el resto del camino. La mente nunca dejará de intentar atarte al mundo y hacerte creer que sus necesidades y deseos son los tuyos, que lo que a ella la hace sentir segura, también a ti. Bríndate la oportunidad de experimentarte fuera del cuerpo, de la mente, del mundo. Y no hablo de experiencias transpersonales necesariamente, sino de comportarte de acuerdo a tu naturaleza y no a la del vehículo que la contiene. No preguntes cómo, solo hazlo.