La tiranía del optimismo

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Durante el confinamiento, las masas fueron obligadas a contactar con su mundo interior y entraron en pánico. De ahí la sensación de encontrarse en un oasis en cuanto comenzaron a relajarse las medidas totalitarias impuestas con el pretexto de controlar la situación sanitaria (salvo quienes viven en países como Italia, Francia, Canadá o Australia, por mencionar algunos). De a poco se incorporan a las actividades que las mantienen distraídas y hoy más que nunca se aferran a las banalidades que dotan de sentido su escueta existencia. Es por ello que niegan todo contacto con la realidad y se aferran a vivir dentro de una burbuja de exagerado optimismo, tan artificial y grotesco como trasero de Kardashian.

El optimismo se convirtió en una obligación, en un deber, en lo políticamente correcto. Todo aquel que tiene un criterio propio y expresa una opinión realista de la situación actual es rechazado en automático. Las verdades incómodas son interpretadas como discursos de odio. Las personas conscientes son consideradas “conspiranóicas” y tratadas como terroristas. No hay espacio para el pensamiento crítico y el rechazo es total a quien se sale de la norma.

El optimismo es la nueva tiranía que no conoce de matices y se expresa con la violencia propia de quien vive a la defensiva. Lo que antes fueron personas, ahora son personajes. Son solo sombras fingiendo sonrisas, inventando sueños para ser felices. Frágiles héroes de cristal. Niños asustados que se aferran a su mundo de fantasía como Peter Pan, que se niegan a abrir los ojos porque creen que, si no ven la realidad, no existe.

La intolerancia que manifiestan cuando alguien se queja del estado actual del mundo es cada vez más estridente. No soportan la menor de las críticas y son incapaces de articular por sí mismos un argumento que sustente su conducta, solo repiten como loros el guion con el fueron adoctrinados por los voceros del sistema. Y lo peor: creen que le están haciendo un favor al mundo con su optimismo infantilizado. Realmente creen que ese es su deber y la mayor contribución que pueden hacer al mundo. Por ende, perciben a las personas que conservan su pensamiento crítico y tienen la conciencia mínimamente despierta, como emisarios del mismísimo demonio y los responsables directos de todo lo malo que sucede en este planeta.

Su conducta es igual a la de un niño sobreprotegido. Sus padres no le enseñan a satisfacer por sí mismo sus necesidades biológicas y psicológicas. Por lo tanto, desarrolla un narcisismo disfuncional (patológico, en muchas ocasiones) que lo convierte en un tirano que exige a los demás hacerse responsables de él. Un experto manipulador y controlador que cree que el mundo debe girar a su alrededor. Un narcisista que no quiere, utiliza; que carece de empatía y obliga a su entorno a ser como a él le gusta o le conviene; que solo puede percibir sus necesidades y deseos, donde su voluntad es la realidad a la que todos tienen que adaptarse, y donde todo, siempre, se trata de él.

Optimismo, infantilismo, narcisismo. En las tres palabras aparece el sufijo griego “ismo”, que significa actitud, doctrina o sistema. ¿Será una casualidad o estamos frente a tres de las columnas que sostienen la nueva era de oscuridad planetaria?

Y es que el optimismo infantil y narcisista se ha convertido en un dogma para millones de feligreses que se sienten con la responsabilidad de adoctrinar a la población global. Diariamente, hordas de fanáticos con apoyo de las instituciones y corporaciones de todo tipo, predican el evangelio de los zombis descriteriados en todos los canales de comunicación que tienen a su alcance, mismos que censuran con un aberrante cinismo a quien cometa la osadía de disentir.

¿Y entonces hay que ir por la vida enojado y amargado?

Nada tiene que ver el optimismo inmaduro que parte de una negación de la realidad, de una desconexión con uno mismo y de una serie de disfunciones y heridas personales no atendidas, con tener una postura positiva ante la vida. La primera niega el mal por miedo, desconfianza e inseguridad; o bien por un berrinche egoísta. La segunda percibe la adversidad, la acepta y en conciencia elige afrontarla con una actitud positiva, es decir, teniendo la certeza de que no hay oscuridad que pueda hacerte daño cuando te paras bien firme en el amor y confías en lo que eres.

El optimista de la nueva era, ve el peligro y cierra los ojos, voltea para otro lado o le saca la vuelta. Una persona que vive en amor y tiene una actitud positiva ante la vida, enfrenta el peligro. Se cae, pero se levanta. Lo lastiman, pero aprende, se fortalece y crece a través de sus heridas de batalla. Y si el enemigo es muy grande, se permite tener miedo, pero no se deja gobernar por él. Cuando se llega a este punto, ya no se le teme a la muerte, a la carencia, al rechazo, a la enfermedad, a la soledad y a nada de lo que las masas temen. La actitud positiva surge de la certeza de lo que se es; el optimismo, del miedo de lo que no se es.  

Las personas positivas son capaces de ver el grave riesgo que implica ser amor en tiempos de oscuridad, pero se concentran en hacer solo lo que les toca y confían en que los demás estarán haciendo su parte. Por ende, no sienten la necesidad de adoctrinar a su entorno. Habla por ellas la confianza en sí mismas, así como la seguridad y la paz que proyectan en situaciones ante las que la mayoría colapsa. Saben que vivir en amor no solo es un acto de conciencia, sino de congruencia. Por lo tanto, en su entorno hay armonía, abundancia y estabilidad, aunque el resto del mundo esté sumido en la peor crisis.

Una persona positiva es justamente eso, una persona. Uno de estos optimistas de película de superhéroes, no son más que un personaje. Una marioneta que interpreta el papel que alguien le asignó en un guion de ficción. Estos personajes ya eligieron la realidad en la que quieren vivir. La abrazan todos los días y la defienden a mansalva. Las personas conscientes lo perciben con claridad, lo respetan y dejan ir sin culpa ni remordimiento. Saben que un acto de amor muy puro, también es darle la oportunidad a alguien de aprender a hacerse responsable de sí mismo. Si el otro la acepta o no, es su asunto y tendrá que hacerse responsable de las consecuencias de sus elecciones, para bien y para mal. Es decir, viven y dejan vivir en libertad.

Por último, una persona consciente no se engancha en discusiones estériles. De hecho, cuida mucho sus opiniones. Sabe que no es un acto de amor darle a alguien la flor más bella de su jardín, cuando a cambio recibe insultos, descalificaciones y agresiones de todo tipo. Esas flores se reservan para quien sabe valorarlas y corresponde con sus propias flores. Una persona consciente no se contamina con los comentarios de los miembros de la iglesia de los optimistas. En todo caso se divierte con ellos y no permite que le afecten. Tomarse el veneno que producen otros no es precisamente un acto de amor hacia uno mismo. Es mejor dejar que sigan viviendo en su mundo de ponis de colores y algodones de azúcar, ahí están bien. Más vale enfocarse en hacer lo que hay que hacer para salir de aquí y dejarlos regodearse en su propio dulce de mierda con chispas de chocolate. ¡Bon appetit!