La prisión planetaria

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El mundo es una prisión donde cada humano vive en una celda. Nadie conoce a sus dirigentes, únicamente a los carceleros, es decir, los políticos y empresarios que controlan el mundo. La regla principal en esta prisión es “todos sufren” –incluyendo los carceleros y dirigentes– y la injusticia es uno de sus principales valores. Las celdas donde viven los reos son estrechas, oscuras e incómodas, pero para mantenerlos dóciles y obedientes las tienen equipadas con suficiente entretenimiento y placer mundano de todo tipo. De tal suerte que los internos están bien distraídos y ni siquiera se percatan de que están presos.

Los dirigentes diseñaron un sistema en el que los internos trabajan dentro de la prisión a cambio de puntos que pueden canjear por satisfactores de sus necesidades básicas, comodidades o entretenimiento para su celda, incluso compañía. De manera que quien más trabaja, más puede abstraerse del encierro en el que se encuentra. Así, compiten entre ellos por los puestos de trabajo y para ver quién tiene la mejor celda, la más bonita, la más entretenida. Los carceleros se encargan de que siempre haya reos marginados, que vivan miserablemente, castigados y violentados. Son un recordatorio permanente para que los demás sigan trabajando y obedeciendo.

Los prisioneros llevan tanto tiempo encerrados que creen que la reclusión es la única realidad que existe. Han escuchado de una vida fuera pero solo son rumores o algo inalcanzable, creen que la “felicidad” está ahí dentro. Consideran también que el propósito de su vida es trabajar para tener una mejor celda y hacerse de una mejor compañía para lidiar con la soledad. Suelen referirse a eso como “felicidad”, “éxito”, “progreso” y “meta en la vida”, e incluso, se sienten afortunados y bendecidos por los dirigentes de la prisión por ser tan buenos con ellos y darles tantas posibilidades de “crecimiento”. Éstos, brindan a los reos la ilusión de que cada determinado tiempo cambian los carceleros de menor nivel y que, además, es la población del penal quien elige a sus sucesores. La realidad es que todas las opciones que les presentan están al servicio de los dirigentes del penal, no de los internos. Ellos solo eligen quién los va a joder y la manera en que lo hará. Pero de que los joden, los joden.

De vez en cuando llega un nuevo reo con ideas revolucionarias que comienza a hablarles de la mentira en la que viven. Les platica sobre la vida fuera de prisión y como todo es diferente. Comparte ideas de libertad, de justicia, de amor. Les hace ver que su reclusión es doble –la cárcel y el cuerpo humano–, y que su realidad difícilmente va a cambiar si no toman conciencia de que son mucho más que eso y pueden aspirar a una existencia mejor si reencuentran esa parte en su interior y la convierten en la rectora de sus actos cotidianos.

Algunos lo escuchan pero no lo entienden. Son como peces a los que les dices que existe la vida fuera del agua y lo primero que se preguntan es: “¿Estamos en el agua?” Acto seguido afirman, “es imposible que exista vida fuera del agua.” Y sin embargo creen ciegamente ­–y lo defienden a ultranza– en que existe vida en el cielo y los que mueren están brincando desnudos entre las nubes mientras un anciano barbón se deleita con la música de arpa ejecutada por ángeles. Por su insultante ignorancia y apatía, los reos rechazan las ideas de quienes vienen a mostrarles realidades y caminos distintos, y terminan linchando al revolucionario para volver a entregarse al placer a rienda suelta y a perseguir la zanahoria de una felicidad que nunca alcanzarán.

Cada determinado tiempo los internos se cansan de tanta injusticia y perciben –sin darse cuenta– una energía de cambio que proviene del exterior. Eso los motiva a rebelarse contra las medidas dictatoriales pero siempre fracasan porque es tan pobre su conciencia de la realidad, que solo aspiran a cambiar de celda a una más grande y cómoda, no a salir de la prisión. Con frecuencia estas rebeliones son disueltas por los dirigentes infiltrando entre los reos a carceleros a su servicio. Estos esbirros hablan de justicia, de libertad, de paz, de igualdad de derechos y de todo lo que los reos quieren escuchar. Invariablemente terminan traicionándolos y cada quien de vuelta a su celda. Y ahí, tristes, decepcionados y frustrados, buscan consumir algo que les brinde cierto placer para olvidar las penas mientras renuevan su esperanza de que algún día las cosas cambiarán dentro del penal. Y este ciclo se repite y se repite y se repite…

Entonces, ¿cuál es la alternativa? La única es escapar del penal. No hay otra. Es imposible a estas alturas modificar las normas del penal, principalmente porque los reos no quieren, se acomodaron y aunque no están bien, no conciben otra alternativa. Conscientes y unidos otra cosa sería pero la población nunca había sido más ignorante, apática, lejana y estúpida que ahora. Por lo tanto, esto es un asunto meramente individual.  En la siguiente entrega, el plan para escapar de prisión.