La mentira de la esperanza

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La esperanza en un futuro mejor, es la mentira mejor contada en los últimos cinco mil años. De hecho es la mentira sobre la que se soporta el sistema tirano que esclaviza al planeta. Ni siquiera la del creador todopoderoso que es puro amor puede superarla. Es más probable que un ser humano pierda la fe en su dios en circunstancias determinadas a que pierda la esperanza. Incluso las personas que abandona todo y se dedica a vagar por la vida sin más que lo que trae puesto, tiene la esperanza de que ese cambio tan radical le traerá algo mejor. O quienes se quitan la vida lo hacen con la esperanza de que al morir terminará su dolor y sufrimiento (cuando sucede todo lo contrario, lo perpetúan eternamente).

Ni las crisis sanitarias, políticas, económicas y sociales que surgieron en el 2020 tuvieron un efecto tan devastador en la humanidad como la crisis interior. El ser humano se quebró a nivel psicoemocional y espiritual. El caos alimentado por el poder desde los medios de comunicación puso en evidencia las carencias de la mayoría de las personas. El encierro impidió que se distrajeran en todo lo que generalmente les ayuda a ocultar esos fantasmas interiores y, peor aún,  los obligó a encerrarse en su interior y tomar conciencia del profundo vacío de sí mismos, sin tener acceso a las actividades superficiales con que pretendían llenarlo antes del confinamiento.

La mayor parte de las personas se vieron obligadas a buscar maneras creativas de pasar el tiempo. Pocas, muy pocas aceptaron el reto de mirar dentro, tomar conciencia de sí mismas, de su entorno y actuar en consecuencia. La diferencia entre ellas es que las primeras sobrevivieron con la ayuda de una esperanza tan superficial y frágil como su identidad. Pusieron su destino en las autoridades sanitarias, en la aparición de una vacuna, en los apoyos gubernamentales, en el favor divino o la guía de seres supuestamente iluminados, es decir, en los cuatro paradigmas de siempre. Mientras que las segundas eligieron madurar y tomar las riendas de su destino. Apostaron por reinventarse sanando sus heridas, transformando las viejas creencias que condicionaban su conducta y haciendo lo que está en sus manos para liberarse de la cárcel –tanto interna como externa– que las aprisiona. Las primeras perpetuaron su conducta infantil exigiendo a los adultos que resolvieran la situación para recuperar su vida cómoda, divertida y placentera lo más pronto posible. Las segundas eligieron madurar y hacerse cargo de sí mismas como adultos responsables. Las primeras sustentaron su realidad en la esperanza de que las cosas van a mejorar en algún momento y se aferran a esa idea con tanta fuerza como un bebé a la teta de su madre. Mientras que las segundas tienen la certeza de que las cosas no cambiarán para bien –sino todo lo contrario– y hacen lo que tienen que hacer para transformar su realidad desde la conciencia.

Y no, con esto no estoy afirmando que las personas conscientes, independientes, maduras y estables a nivel interior van a vivir mejor en un mundo que se cae a pedazos. No. Esa es la parte más perversa de la mentira de la esperanza. Se cree que las personas se liberan para estar mejor. Y sí, pero solo relativamente. Si escapara un esclavo de raza negra en el sur de los Estados Unidos en los tiempos de la Guerra de Secesión, ¿podríamos decir que realmente es libre? Técnicamente sí. Incluso encontraría momentos dulces para saborear su libertad. Sin embargo, ese hombre tendría que vivir escapando todo el tiempo, escondiéndose de aquellos que quieren atraparlo para regresarlo a condiciones de esclavitud o matarlo por la osadía que cometió. Nadie le daría empleo y por lo tanto se le dificultaría cubrir sus necesidades más básicas. De manera que no podemos afirmar categóricamente que ese hombre es realmente libre. El tipo no tiene ni la menor esperanza de sobrevivir en ese contexto: o muere de hambre o lo capturan (y por haberse fugado su suerte sería infinitamente peor que antes). Por lo tanto es necesario diferenciar entre no vivir en esclavitud y ser libre. Para que este hombre fuera libre tendría que escapar de la región en la que se encuentra y llegar a un Estado en donde las leyes le permitan acceder a las mismas oportunidades que las personas de raza blanca. De ahí que este hombre estaría cayendo en la trampa de la esperanza si pone su fe en que la divinidad cambiará las leyes de su Estado para que él y otros como él puedan tener una vida digna, o bien, si elige hacer la revolución y luchar por cambiar el sistema. En este caso no llegaría muy lejos, pero creyendo que sí, la historia demuestra que eso nunca ha terminado bien, el poder solo cambia de manos entre poderosos. Así que la única esperanza real que tiene el tipo es hacer lo que pueda para salir de ahí. En ese momento ese se convierte en su objetivo de vida, la razón de su existencia. Y quizás lo que lo motive todos los días es tener la esperanza real, por tanto la certeza, de una vida mejor.

Concluyo afirmando que el problema no es la esperanza, sino dónde la ponemos. Quien tiene su esperanza en que el mundo cambiará está perdido. Entonces si no es ahí, ¿dónde hay que ponerla? ¿De verdad ya no hay esperanza de que las cosas cambien? Las respuestas en la próxima entrega.