¿Existe o no la polaridad?

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Mucho se dice que el gran problema de la humanidad es que no ha sido capaz de salir de la trampa de la polaridad. Principalmente en los círculos new age se afirma que el bien y el mal solo existen en la mente humana. Que fuera de ella, todo está unificado en una misma energía donde luz y oscuridad son la misma cosa. Pero esta perspectiva no solo es incorrecta, sino peligrosa.

Nos han metido hasta el cansancio que fuera de aquí todo es amor y que, si existe el mal en el planeta, es porque el amor está buscando probar nuevas realidades. Por lo tanto, el mal en el fondo es bueno. Porque para ellos, todo lo que existe es amor. Así que hay que ser tolerantes, empáticos y pacientes con aquel que está en búsqueda de nuevas experiencias. Es decir, al malo no hay que verlo como malo, sino como intrépido, valiente. Y lejos de calificar su conducta, debemos amarlo para que recuerde que proviene del amor y pueda “ascender a la quinta dimensión en compañía de la Pachamama y todos nosotros”.

Sobra decir que todo esto es absurdo, tanto como el cuento de las palomas que embarazan mujeres vírgenes, o que Nibiru existe y, además, es una nave disfrazada de planeta que está llena de extraterrestres que vienen a liberar la Tierra.

Para comenzar, existe una fuente de amor de la que proviene todo el amor que existe, pero también existe una fuente de oscuridad que creó toda la oscuridad que existe. Y como todo lo que existe, el amor puede dejar de ser amor y elegir la oscuridad si así lo desea, y viceversa. Lo único que tiene que hacer es obrar de manera oscura: controlar, someter, manipular, engañar, corromper, abusar, violentar, competir, temer, envidiar, etcétera. Ese es el auténtico libre albedrío que existe a nivel universal: cada ser puede elegir cómo comportarse, y, con base en ello, elegir lo que es. Pero para esto, necesita estar consciente de que existen dos caminos. Y, precisamente, la manipulación comienza con la imposición de la creencia de que todo en esencia es bueno, por lo tanto, el mal es relativo.

Relativizarlo todo no es nuevo. Esto es algo que la élite comenzó a promover a finales del siglo 17, y para mediados del 18, con el surgimiento de la Ilustración, se instituyó como una política en los países occidentales. De ahí que la realidad comenzó a interpretarse, y en muchos casos a justificarse, de acuerdo a una serie de variables que dependen del observador, no de los hechos en sí.

Y así quien dispara a sangre fría entre una multitud dejó de ser considerado un asesino que debe purgar su condena en una cárcel, para pasar a ser un enfermo mental que debe ser rehabilitado en un psiquiátrico. O en estos tiempos en los que se ha relativizado hasta el género de las personas, quien no se sienta cómodo con el género con el que nació, puede elegir entre los más de 120 que se inventó la ONU. Y, además, el Estado debe contar con un marco legar que respalde su decisión, misma que en algunos países se puede tomar con todas las de la ley desde los 12 años de edad. ¡Y pobre de aquel que lo cuestione! Puede ir a la cárcel acusado de cometer un crimen de odio (cualquier cosa que eso signifique dentro de un marco legal y moral tan subjetivo).

Este proceso de ingeniería social, desterró la maldad real del imaginario colectivo, pero se encargó de hacer creer a las masas que el malo es quien se cuestiona a sí mismo, cuestiona lo políticamente correcto y va en contra de lo establecido.

Las personas que fueron programadas para creer que todo es bueno, son incapaces de percibir el mal (o lo relativizan), y, por ende, de abstenerse de vincularse con él, de replicarlo en su propia vida y de combatirlo cuando es necesario defenderse de sus cada vez más frecuentes embates, tanto en lo físico y psicoemocional, como en lo energético.

Por su parte, hay otros que se sitúan en el otro extremo y culpan a la oscuridad de todos los males que aquejan a su persona y al mundo entero. Estos personajes tienden a asumir el rol de víctimas perpetuas, y en algún punto de su distorsionada percepción de la realidad, se convierten en los justicieros que pretenden “salvar a la humanidad de las garras de las fuerzas del mal”.

Al filtrar todo desde la negatividad, construyen una realidad en donde todo es oscuro y negativo, produciendo una conducta paranoica que, en algunos casos, llega a niveles clínicos. En la mente de estas personas no cabe la posibilidad de que existan acciones motivadas por el amor genuino, así como gestos de bondad o solidaridad que no sean condicionados o no sean parte de un entramado de manipulación y control.

Tan jodido está no percibir el mal, como verlo en todo lo que existe. Negar el bien o el mal, es negar una parte de la realidad, tanto individual como universal. Y ante esto, la new age y sus gurús recomiendan “integrar” ambas partes, pero nunca me ha quedado claro a qué se refieren con esto, ya que integrar dos energías de naturaleza, características y vibraciones diferentes, simple y sencillamente no es posible. Es como querer integrar en un mismo recipiente el agua y el aceite. Podrán ocupar el mismo espacio, pero no están del todo integrados el uno con el otro.

Buscar integrar luz y oscuridad en el interior de una persona, equivale a utilizar sus cuerpos físico, psicoemocional y energético como un campo de batalla perpetuo. Y me pregunto, ¿ese pleito favorece la homeostasis, el desarrollo o la evolución? Por supuesto que no, sino todo lo contrario. Ese pleito permanente solo beneficia a la oscuridad. Divide, confunde, ancla y esclaviza.

A mi entender, la respuesta está en la filosofía de oriente: el matiz. Es decir, lejos de querer integrar energías dispares, hay que equilibrarlas. Buscar entre el negro y el blanco, el tono de gris adecuado para cada situación. Y para ello, es fundamental tener la consciencia de que siempre hay dos caminos, el de la luz y el de la oscuridad. El que tomes con mayor frecuencia es el que te define.

La vida está llena de elecciones. Todo el tiempo estamos eligiendo entre estas dos fuerzas. Quien vive desde la mente mundana, toma decisiones en automático, o bien, influido por la idea de que todo es bueno o malo. Pero quien vive desde la conciencia, toma un rol parecido al del juez en una sala de audiencias: primero escucha a la parte acusadora y a la parte defensora; y después formula su veredicto basado en las leyes vigentes, no en su criterio. En otras palabras, el bien y el mal como energías universales, no están sujetas a interpretación. La luz es luz y la oscuridad, oscuridad. Y como el juez, siempre hay que escucharlas a ambas. Así, quien pretende decidir desde la luz, debe elegir lo que es correcto. Esa es la ley en la que se basan tus decisiones, no en lo que prefiere, le conviene o le acomoda. Estos son los caminos de la oscuridad, que trabaja arduamente para llevarte hacia ellos. Elegir lo correcto, aunque la mayoría de las veces no sea lo que a uno más le convenga, representa indefectiblemente el camino del amor. Lo demás son puñetas mentales y argucias de la oscuridad que se disfraza para seducir a tu mente y evitar que decidas desde la conciencia. Y los humanos, débiles e ignorantes que somos, caemos en la trampa una y otra vez, y paso a paso, decisión tras decisión, vamos construyendo la realidad que le conviene al mal para tenernos bajo su control.

Pero por muy mal influenciados que estemos, por más que la oscuridad gobierne al mundo, aun no son capaces de extirparnos la capacidad de elegir entre estas dos polaridades. Para allá va todo. Primero las inyecciones y después el transhumanismo. A partir de ahí el ser humano jamás volverá a tener voluntad propia, pero todavía conservamos algo y debemos hacerla valer. Esa es la llave que abrirá la puerta por la que regresaremos a casa. Tomar elecciones conscientes y desde el amor, no depende de nadie más que de cada uno de nosotros. La oscuridad puede intentar confundirte, convencerte, comprarte, asustarte y hasta amenazarte para que elijas el camino donde eres suyo, pero jamás podrán impedir que conectes con tu consciencia, evalúes las posibilidades y elijas hacer lo correcto desde el amor y confiando en que ese camino siempre, invariablemente, te lleva al reencuentro con tu Yo más auténtico, te fortalece y te sitúa en una realidad luminosa, sin importar que todo a tu alrededor esté en crisis. Así que ya lo sabes, tu tienes la llave. Salir de aquí depende de ti, solo de ti.