El precio de salvarse

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La sociedad actual está dispuesta a pagar por contenidos en plataformas de streaming, por eliminar la publicidad de sus aplicaciones favoritas, por suscripciones a plataformas que les brindan acceso ilimitado a fotografías y videos de personas que muestran su cuerpo a cambio de unos dólares, por patrocinar a sus influencers favoritos a cambio de que mencionen su nombre en los contenidos que producen o los incluyan en rifas de los productos y servicios que anuncian. Ya ni hablemos de lo que pagan por ocio, entretenimiento y todo lo relacionado con guardar las apariencias. Nadie reniega del precio sino todo lo contrario, es parte del encanto. Podríamos afirmar que la humanidad de hoy está dispuesta a pagar el precio de casi todo, menos el precio de salvarse.

Y no me refiero a lo mucho que molesta a las masas pagar por contenidos y servicios relacionados con la toma de conciencia (los exigen gratis y la mayoría ni siquiera los aprovecha), sino a todo lo que implica ganarse el derecho de salir de la prisión. Sí, he dicho ganarse. Nadie saldrá de aquí con solo buenas intenciones o porque alguien más hizo el trabajo. Esas ideas son infantiles, mediocres y profundamente narcisistas. Las leyes universales no obedecen a nadie por el simple hecho de ser, se debe hacer. Como lo he dicho muchas veces, se trata de vivir en congruencia con lo que se es. Y para ello es necesario transformar el estilo de vida en aquello que se adapte a nuestra esencia, no a las exigencias del sistema.

Una persona consciente acepta que en la actualidad se acabaron los matices. Llegó el tiempo de definirse: luz u oscuridad. No hay grises. No hay futuro. Te quedas o te vas. Y no solo eso, las personas conscientes están dispuestas a hacerse responsables de las consecuencias que representa elegir la libertad en un mundo que se empeña en esclavizarlas.

El mejor ejemplo de ello son las inyecciones. Muchos fueron a poner el brazo voluntariamente (incluso más de una vez). Otros terminaron cediendo por la presión ejercida por el entorno. Mientras que otros tantos se han negado a hacerlo pese a las consecuencias que esto puede tener en sus vidas. El problema es que muy pocos han aceptado realmente el precio que han de pagar por esta decisión. En muchos casos se aferran a defender su postura y se quejan amargamente que se están quedando sin derechos, sin trabajo, sin amigos y sin vida. Pero si eso es lo que quieren deberían considerar inyectarse, ya que el precio que hay que pagar por no hacerlo incluye incomprensión, juicio, rechazo, descrédito, soledad, aislamiento, persecución, calumnias, desprotección y algunas consecuencias aún más graves que vendrán en el futuro.

Quien decide no seguir las reglas de este mundo tirano, debe hacerse responsable de las consecuencias de sus elecciones. Esto no solo es reflejo de madurez, sino de congruencia. Pero las masas viven en esa etapa infantil donde los bebés sienten que todo lo merecen y el mundo tiene que hacer su voluntad, so pena de un berrinche de epopeya. De ahí que sea tan común que personas que no se inyectaron tengan ínfulas revolucionarias, pero lloren y pataleen exigiendo el respeto a sus derechos, a no ser descalificados, discriminados, rechazados y marginados cuando decidieron incumplir -en todo su derecho- con las normas del nuevo paradigma de normalidad.

No faltarán los eternos come mierda que interpreten que estoy defendiendo al sistema. Y aunque no lo merezcan, les aclaro que considero aberrante lo que está sucediendo y jamás me pronunciaré a favor de la pérdida de la libertad, pero eso no me impide ser objetivo. Este ya es su mundo y ellos ponen las reglas. A quien no le guste puede elegir entre dos caminos: cumplirlas obedientemente o asumir su rebeldía con madurez y encontrar la manera de vivir con dignidad en lo que le llega el momento de salir de aquí.

Cuando veo las evidencias que esconden los medios tradicionales sobre las protestas masivas en Europa contra las inyecciones obligatorias, siento una gran alegría. Pienso en lo maravilloso que puede ser que tantas personas se unan con un objetivo en común y absolutamente trascendente, pero luego recuerdo que hoy la lucha no está en las calles, sino en el interior de cada quien y solo suspiro nostálgico. ¿Cuántas de esas personas están ahí con la esperanza (o la inocente convicción) de que cambiarán el mundo, de que esas protestas lograrán un mundo más justo y libre? ¿Cuántos de ellos tienen conciencia de que ese apego a lo mundano solo beneficia al sistema al que quieren derrocar? ¿Para cuántos de ellos la conciencia es un estilo de vida y no solo una postura política? ¿Cuántos de ellos trabajan duro en su interior para alcanzar la verdadera libertad fuera de este plano? ¿Cuántos de ellos regresarán a casa al final de la manifestación a continuar una vida de apego a lo mundano?

Pasé mucho tiempo de mi vida en las calles intentando transformar el sistema y nunca pasó nada. La revolución comenzó cuando trasladé a mi interior el campo de batalla. La lucha es cotidiana, de día y de noche, contra un enemigo oculto entre las sombras que intenta adueñarse de mis pensamientos, sentimientos, emociones, conducta y energía. Que toca las heridas que él mismo provocó, que contamina, bloquea y roba mi energía; sabotea los esfuerzos por mantenerme en equilibrio, obstaculiza las actividades que me permiten hacer lo que vine a hacer, desgasta mi cuerpo, utiliza mis fantasmas interiores para sintonizarme en un estado de miedo y alerta permanentes, manipula mis sueños para condicionar mis emociones y conductas, conspira contra las personas que amo sembrando semillas de discordia y conflictos injustificados, bloquea todos mis caminos para que me sienta atrapado y aislado, me pone en el camino personas que abusan, violentan y maltratan como un recordatorio de lo que me va a pasar si sigo desobedeciendo, entre muchas otras cosas. ¿Te resulta familiar mi situación?

Estos son tiempos donde la oscuridad nos aprieta como nunca y cada vez más. Vivimos acosados, perseguidos. No hay un ser en el planeta que la esté pasando bien: Inestabilidad e incomodidad. Malestares y achaques físicos. Desgaste físico, psicoemocional y energético. Poca energía, poco descanso. Agotamiento físico y mental. Insatisfacción crónica y desesperanza. Problemas económicos, laborales, familiares o de salud. Pérdidas, carencia y viejas heridas que vuelven a producir malestar. El pasado vuelve a hacerse presente para resolverlo de una buena vez, pero en el ínter incomoda, lastima, inestabiliza. Confusión, duda, inseguridad y ansiedad. Presión, tensión, falta de tiempo para realizar las actividades cotidianas. Desconcentración, preocupación, negación de la realidad. El tiempo que pasa cada vez más rápido, distracciones para no voltear dentro. Intentos de comprar almas a cambio de lo que siempre se ha soñado. Marginación, aislamiento, entornos sociales cada vez más violentos e inseguros. Tiranías disfrazadas de democracias, corrupción rampante, autoritarismo cínico y descarado. Crisis, desigualdad, conflictos bélicos. Desastres naturales, especies extintas, la Tierra sufriendo como nunca.

Todo esto y mucho más, es parte de lo que está experimentando la humanidad en su conjunto. Sin embargo, el impacto se multiplica en las personas que aún conservan luz en su corazón. Estos seres son el objetivo del sistema, son los enemigos públicos número uno y contra ellos dirigen todos sus esfuerzos destructivos. Aprietan mucho desde fuera, pero sus armas más letales están dentro. Donde cuesta trabajo identificarlas. Tocan heridas y traumas del pasado -incluyendo encarnaciones anteriores- para sabotear, manipular, controlar y eliminar hasta la última gota de voluntad y libre albedrío. Su inagotable arsenal multidimensional de mañas, trampas, mentiras, instinto, deseo y seducción, está puesto al servicio de apagar para siempre la luz en los corazones de los seres humanos. 

La oscuridad pretende hacerse del control de todos los seres vivos del planeta. Como lo decía en la publicación anterior, esta es la tercera llamada. 2022 será el año en el que concreten un proceso milenario, cuya consolidación comenzó en 2020 con la situación sanitaria global. Su plan es apagar todas las luces y que todos los seres en este plano estemos a su servicio. Postrados ante ella, humillados, sumisos y obedientes por el resto de la eternidad. Están queriendo reventarnos para impedir que salgamos de aquí.

Estar vivo ahora no es fácil para nadie, pero menos para quien no acepte someterse a las tinieblas. El precio que hay que pagar es cada vez más alto. Si en el pasado tomar conciencia implicaba una crisis, en la situación actual representa un cataclismo que muchos prefieren evitar para no incrementar el martirio que conlleva abrir los ojos cada mañana.

A largo plazo, la cobardía, el confort, la inmadurez, la ignorancia, la indiferencia y la negación de la realidad, pasan una factura más alta que la que hay que pagar por intentar mantenerse rebeldes, conscientes y en congruencia a pesar de tenerlo todo en contra. Pero las masas y su apego a la inmediatez, no son capaces de ver más allá de su zona de confort y la infantil esperanza de que todo estará mejor en el futuro.

Quien quiera libertad, tiene que comenzar por liberarse de esta programación. Asumir una postura firme, consciente y madura ante la adversidad. Tiene que estar dispuesto a sufrir y a perderlo todo. A morir peleando y nunca rendirse ni traicionarse

El dolor está garantizado, tanto para los que están dispuestos a utilizarlo como vehículo para reencontrarse y salir de la prisión, como para quienes no quieran sacrificar nada y terminen quedándose anclados a sufrir eternamente. Quien quiera libertad tiene que trabajar duro para liberarse. Nada ni nadie lo hará en su lugar. Hay que comprometerse, disciplinarse, esforzarse y hacer de esto la meta prioritaria que hay que alcanzar en esta vida. No hay tiempo para continuar autocomplaciéndose, victimizándose y justificándose. Esto se hace completo o no se hace. Quien no esté dispuesto a renunciar a lo mundano fracasará en su intento de trascender.

Así que ya lo sabes. La salvación está en tus manos, pero no es gratis. Hay que ganársela todos los días, en cada momento. Cualquier cosa que no sea eso, será insuficiente. El sacrificio es grande, pero la recompensa es infinitamente mayor. ¿Estás dispuesto a pagar el precio?