El arquetipo de la Nueva Era

Durante décadas escuchamos a la izquierda llamar a la lucha contra la tiranía capitalista. Ahora vemos a los conservadores levantarse contra la dictadura comunista. Unos defendían los derechos de los trabajadores explotados por la burguesía, que en la actualidad defiende su derecho a la propiedad y la libertad de culto. El club en el que caben ambos es el mal llamado progresismo. Desde ahí se alienta a luchar por la igualdad y los derechos de las “minorías”. Y como siempre, los poderosos son los únicos que se benefician de ello. En la actualidad el planeta está inundado de causas que defender, de luchas que apoyar. Pero, ¿realmente este es el camino correcto?

Partamos de la base que una persona se involucra en una lucha social cuando le interesa que el mundo mejore. Esa persona está invirtiendo parte de su tiempo, su energía y sus recursos psicoemocionales en lo mundano. Además de continuar apegada al arquetipo del guerrero, aquel que defiende su reino con honor y se lanza con valentía a la conquista de nuevas tierras. En otras palabras, es una persona que vive en la vieja era y sigue interpretando la realidad desde la mente y los paradigmas del pasado.

Los nuevos tiempos se deben ver a través de la conciencia. Se supone que esa fue la gran conquista del guerrero que, tras largas y cruentas batallas, termina por reconocer que el único mundo que puede cambiar es el propio y que la mayor conquista es la de la libertad de ser quien se es, en un mundo diseñado para evitarlo a toda costa. El guerrero consciente se transforma en el sabio (también llamado el sacerdote, el iniciado, el mago, etcétera). No deja de ser guerrero, pero ahora percibe que el enemigo a vencer se encuentra en su interior. Ese dragón de mil cabezas es la identidad espuria que le creó el sistema para alejarlo de su auténtica naturaleza.

El sabio reconoce que el mundo tiene derecho a ser como es, pero también reconoce su derecho a ser él mismo dentro del mundo. En eso enfoca su energía. En pulir el carbón de su corazón para convertirlo en diamante, en vez de intentar cambiar el mundo de acuerdo a su percepción de lo correcto, ya que ahora es consciente de que luchar por el mundo es una batalla perdida.

El guerrero consciente utiliza la espada solo para defenderse y se concentra en desarrollar su magia. Es decir, todos aquellos recursos interiores que necesita para vivir en conciencia. Tiene claro que su propósito es recuperar su corazón e impedir que la oscuridad lo apague para siempre. Para ello, se aleja del mundo y de todo aquello que lo ancle a lo mundano. Se refugia en su interior y promueve una relación consigo mismo que alimenta constantemente. El rol que desempeña en el mundo es el de un observador y todo lo que percibe se convierte en material de una profunda reflexión. Desarrolla la habilidad de buscar en su interior lo que percibe en el mundo exterior. De esta manera identifica la oscuridad introyectada y la transforma en luz mediante un trabajo interior al que se entrega con abnegación y disciplina. Entiende que, erradicando la oscuridad en él, aporta más al mundo que luchando para cambiarlo. Y, además, esa es la única vía para dejar este lugar al que dejó de pertenecer en el momento en que renunció a ser gobernado por su cuerpo humano y la mente que lo gobierna.

La lucha del guerrero consciente es contra las creencias y los condicionamientos que conforman la programación que determina su conducta y la percepción que tiene de sí mismo. Enfrenta constantemente ataques dirigidos a bajar su vibración, a opacar su corazón, a confundirlo y llenarlo de dudas sobre su determinación de renunciar a lo que mueve al resto de la humanidad y a lo que va descubriendo sobre sí mismo mediante su trabajo interior. La oscuridad se alía con la mente del sabio para engañarlo, para llevarlo a etapas de desarrollo anteriores donde es más proclive a ser controlado. Le hacen sentir vulnerable, rechazado, solo, incomprendido e intentan alejarlo de todo aquello o aquellos que favorecen su liberación. Intentan comprarlo con las cosas que ofrece el mundo: reconocimiento, aceptación, riqueza, familia, éxito, poder y todo lo que seduce a la naturaleza humana. Esas son las batallas del guerrero consciente, aquellas que las masas ignorantes e inconscientes denostan y descalifican sin misericordia. Por ello, el sabio aprende vivir en silencio y entiende, casi siempre a la mala, que no puede darle el mejor vino de su cava a quienes solo pueden darle a cambio vinagre. 

De ahí el estereotipo que muestra al sabio como un ser raro, atormentado, incomprendido y, por ende, solitario. Nada más lejos de la realidad. El sabio disfruta de su propia compañía. No está solo, está consigo. No está fuera del mundo, está en su mundo. Mismo que solo comparte con otros como él. Ante el resto se muestra afable pero reservado. A veces torpe por su lejanía de lo mundano, pero de ideas profundas. Nadie lo considera para cosas triviales, pero lo buscan para pedir su opinión sobre cosas trascendentes. Algunos lo consideran un maestro, pero él se percibe a sí mismo como un perpetuo alumno. Y aunque es perfectamente capaz de apreciar y valorar su recorrido existencial, no permite que su ego lo sitúe por encima de nadie. Este es, pues, el arquetipo de la Nueva Era. Pero no es un disfraz, sino la consecuencia del trabajo interior consciente, continuo y permanente. Vale la pena tenerlo presente y atreverse a dar el paso al siguiente escalón, ese que puede sacarnos de aquí de una vez y para siempre.