Cállate y escucha

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En estos tiempos se cree que, a mayor cantidad de información, mayor conciencia y mayores posibilidades de cambiar el mundo o escapar de él. Esto no necesariamente es cierto. Si bien la información es un importante auxiliar para que la conciencia despierte, lo que resulta auténticamente evolutivo es el proceso mediante el cual se obtiene dicha información y lo que posteriormente se hace con ella, más que la información en sí misma. No se diga cuando la cantidad de los contenidos que circulan a nivel global supera infinitamente su calidad. Es tal la cantidad de información al alcance de la gente, que termina perdiéndose en ella y alejándose cada vez más de su propia esencia. ¿Qué hacer para evitar caer en esto?

Comenzaré con una historia proveniente del antiguo Medio Oriente que resulta ideal para introducirnos en el tema:

Cuenta la leyenda que un hombre joven con fuertes inquietudes espirituales, se acercó a un viejo sabio que de vez en cuando hablaba en público sobre la importancia de tomar conciencia de uno mismo y de la realidad del mundo exterior.

El joven vivía en la ciudad más importante de su región y escuchó por primera vez al viejo por casualidad. Fue un día que su patrón lo envió a un pequeño pueblo del interior a realizar una diligencia. De inmediato reconoció a un maestro en las palabras de ese hombre y quiso conocerlo.

Una vez que el numeroso público comenzó a retirarse de la plaza central, abordó al maestro mientras éste daba los últimos tragos a un té de jazmín antes de marcharse.

El joven sabía que contaba con poco tiempo, de manera que bombardeó al sabio con todas las preguntas y dudas existenciales que le surgieron en el momento. Imperturbable, el maestro escuchaba una a una las inquietudes del joven buscador.

Cuando terminó su té, comenzó a caminar rumbo a su casa. Con una seña amable invitó al joven a acompañarlo. Durante el camino continuó el interrogatorio, pero el joven parecía no escuchar lo que el maestro respondía. Éste parecía no inmutarse con la conducta de su acompañante y mantenía la vista fija en el camino mientras acariciaba su larga barba con lentitud y delicadeza.

Al llegar a la puerta de la vivienda, el maestro hizo un alto y aplaudió con estrépito. El sonido y la sorpresa hicieron que el joven se detuviera de un salto, como si acabara de despertar de un trance. El viejo se paró frente a él y lo miró a los ojos.

—Cállate y escucha —le dijo con firmeza al joven que lo miraba atónito.

—¿Cómo dijo? —balbuceó el joven sorprendido.

— Es tu mente la que se pregunta y se responde sola —afirmó el sabio sin perder la compostura, pero mirando al joven con firmeza—. Tu razonamiento es astuto, pero tu mente no quiere escucharme, solo quiere escucharse a sí misma. Por eso te digo, cállate y escucha. Cuando la descubras hablando como loro exígele silencio. Respira por un momento y conecta con tu conciencia, ahí están las respuestas a todo lo que estás buscando. Pero ten paciencia, casi nunca llegan de la forma que la mente espera. Mantenla en silencio y observa. Ahora, si me permites, necesito entrar a descansar.

El viejo maestro cerró la puerta y suspiró con cierto alivio. El joven regresó a su casa con una semilla de conciencia bien plantada en su corazón. Ahora era su responsabilidad procurarla o dejarla morir.

La enseñanza

Podemos extraer dos claras enseñanzas de esta historia:

1. Cállate y escucha.

La mente quiere entenderlo todo. Salvo en algunas ocasiones, necesita estar segura de que todo saldrá bien antes de dar un paso. Por lo tanto, te obliga a investigar hasta encontrar la verdad que te indique el camino a seguir, que te brinde la seguridad de que elegiste el camino correcto y tengas certeza de que el riesgo es muy poco o nulo. Mientras no está segura de tener bajo control estas variables, no te permite accionar. O peor aún, sabotea tus intentos de lanzarte a lo desconocido para protegerte de eventuales fracasos y del dolor y sufrimiento que conllevan.

Por supuesto, no es negativo investigar, contrastar información, filosofar y todo aquello que tenga que ver con activar la razón e inteligencia. No, para nada. Es fundamental este proceso para hacerse de un criterio propio. El problema empieza cuando todo se queda en la mente racional y el pensar somete al sentir (sentimientos, emociones, sensaciones) y al percibir (intuición, energía, conciencia). En ese momento la información se convierte en mero alimento para el ego y éste la utiliza para adoctrinar a los demás, obligarlos a interpretar la vida a su manera y a descalificar todo aquello que no encaja en su criterio o conveniencia.

Silenciar la mente es fundamental para recibir las respuestas que siempre han estado en tu interior, incluso frente a ti, pero el soliloquio mental no te permite percibirlas. Y a esto suma el creciente ruido proveniente del exterior: redes sociales, plataformas de streaming, videos de YouTube, podcasts, blogs y toneladas de contenidos e información que se produce minuto a minuto.

La verdad que estás buscando está sepultada entre toda esta mierda. La única manera de llegar a ella es silenciando la mente y reduciendo la cantidad de información que recibes. Para ello es necesario realizar un filtro, ser muy selectivo con los contenidos que metes a tu sistema. Y no solo eso, realiza de vez en cuando una limpieza de la energía de baja vibración que recibes en una gran cantidad de contenidos e interfiere tus pensamientos, sentimientos, emociones y conducta, además de enfermar tu cuerpo físico y contaminar tu cuerpo energético. (Ve a la sección Herramientas haciendo click aquí. Encontrarás un recurso para realizar esta limpieza con el título “Carta para borrar energía negativa proveniente del entorno”.)

2. Siente y confía.

Resulta fundamental silenciar la mente para conectar con la conciencia. Es decir, hay que apagar la cabeza para escuchar al corazón. Y no me refiero solo a las emociones y sentimientos, sino a la voz de la conciencia. Ésta suele ser una perfecta desconocida para la mayoría, ya que nos programan para interpretar la realidad a partir de las elaboraciones y proyecciones de la mente. Sin embargo, existe “otra” realidad que se percibe solo a través de la conciencia y se nos revela de diferentes maneras. La más común y cotidiana es la intuición, aunque siempre encuentra maneras de manifestarse cuando la mente no se interpone: sueños, meditaciones, contemplaciones, hipnosis, estados alterados de conciencia (no recomendados en estos tiempos por el riesgo que representa a nivel energético), etcétera.    

El caso es que la conciencia habla todo el tiempo, el problema es que no la escuchamos. Y no solo eso, sino que cuando llegamos a escucharla, en automático la descalificamos. Es de lo más común que personas sensitivas reciben información de su propia conciencia y de inmediato la filtran por su mente. Sobra decir que la mente termina distorsionando y tergiversando todo para que no te liberes de su yugo. Por ello, es importante confiar en lo que se percibe. Esto es lo que en verdad te libera y te vincula con tu esencia.

Si amas a una persona confías en ella. Cuando pierdes su confianza, el amor comienza a agonizar. ¿Cómo puedes pensar que te amas si no confías en ti? ¿Cómo puedes decir que vives en amor si cada que se manifiesta tu conciencia la descalificas?

Cuando sientes desde la mente siempre aparecen argumentos intentando sostener lo que estás sintiendo. Pero cuando sientes desde la conciencia sientes una certeza que no puedes explicar (ni debes intentarlo). La certeza no necesita argumentos. Tú sabes cuando algo es de determinada manera sin la necesidad de una comprobación. Confía en lo que estás percibiendo y actúa en consecuencia. En la medida que te permitas escuchar lo que te dice la voz de tu conciencia y confíes en ella, te irás vinculando más con tu esencia. De lo contrario, seguirás siendo esclavo de tu mente y de la experiencia terrena. Tú eliges.