Ansiedad en tiempos del bicho

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Reaparece el bicho en escena y con él regresa el miedo irracional, los ataques de ansiedad, paranoia, insomnio, frustración, aburrimiento crónico, desesperanza y una serie de malestares psicoemocionales, físicos y energéticos que ponen en jaque a buena parte de la población. Si bien cada caso es particular, en mi experiencia profesional he podido observar que existen coincidencias en las personas más afectadas a nivel psicoemocional por la propagación del bicho. Resulta obvio que la ansiedad es el síntoma que se presenta con mayor frecuencia, pero no es de mi interés profundizar en sus características, sino en su origen. Tomar conciencia de la raíz del problema, representa una gran oportunidad para quien no solo quiere dejar de sentirse ansioso o saber qué hacer cuando comienza el brote, sino para quien asume que el trabajo interior es prioritario en estos tiempos y está dispuesto a encontrar en la enfermedad el remedio para curarla.

Es 2020 el año que puso a la frágil humanidad actual frente a sus más grandes miedos: soledad, carencia, enfermedad y muerte.  Los cuatro jinetes del apocalipsis para el humano posmoderno.

Los confinamientos generaron incertidumbre y miedo. El exceso de información provocó una tremenda confusión: no hubo (ni hay) claridad para definir el problema, las estrategias para superarlo y cuándo se llegaría a la solución definitiva. El miedo dio paso a la ansiedad cuando la gente se enteraba, por un lado, de las condiciones infrahumanas en las que se daban las hospitalizaciones y defunciones, y por otro del cierre de empresas, los recortes de personal y la incapacidad de las autoridades para brindar soluciones a la población.

Después aparecieron las inyecciones como la alternativa para terminar con el problema, pero la falta de claridad y la incongruencia generaron más dudas que certezas en la población. Para muchos la inyección era el pasaporte para volver a su vida de antes, para otros la tabla de salvación de la situación más adversa que han vivido y para el resto una tomada de pelo de fatales consecuencias. Pero la realidad es que el remedio no ha sido más que la agudización del problema.

En 2021 muchos vieron la luz al final del túnel. Volvió el optimismo y el regreso a las distracciones cotidianas disiparon la ansiedad. No del todo, pero suficiente para que muchos la escondieran debajo del tapete e intentaran retomar su vida en el punto donde la habían dejado. Apenas volvían a acomodarse de nuevo cuando ¡pum! Surgen nuevas cepas y de vuelta a la montaña rusa. El carrito no ha parado y en cada vuelta han aparecido más motivos de inestabilidad: la inflación imparable, los costos de la energía disparados, la inyección obligatoria, la pérdida de libertades y derechos…

La más reciente mutación del bicho (que no la última), pone el dedo en la herida que provocó el 2020. Era de esperarse que las reacciones fueran desproporcionadas ante el resurgimiento del riesgo debido a los antecedentes recientes, pero en muchas personas la ansiedad volvió con más fuerza y está causando estragos.  

Resurgen las heridas de la personalidad

Como mencioné, el bicho nos situó frente a los demonios internos que nos hacen sentir vulnerables. Pero, ¿por qué nos perturban tanto la soledad, la carencia, la enfermedad y la muerte?

Esto es parte de la naturaleza humana. Desde el nacimiento y durante los primeros años de vida, un humano está impedido por completo para hacerse cargo de sí mismo. Depende de los adultos que están a su cargo para satisfacer sus necesidades biológicas (casa, comida y sustento) y psicológicas (protección, aceptación y amor incondicional). Las primeras veces que un bebé tiene hambre, por ejemplo, siente que su vida está en riesgo. Él no entiende que solo tiene hambre y volverá a sentirse bien en cuanto caiga alimento en su estómago, solo se siente vulnerable y teme perder la vida. Por eso llora, no solo para llamar la atención de los adultos a su cargo, sino porque tiene miedo de morir. De igual manera cuando enferma, siente que su vida corre peligro y depende de los cuidados de alguien mayor para sanar. Pero, ¿y si no hay nadie que lo haga o, por el contrario, alguien lo hace todo el tiempo e impide que ese ser aprenda a hacerlo por sí mismo?

El mundo actual está habitado por una gran cantidad de humanos que crecieron en hogares desintegrados y disfuncionales, donde al menos uno de sus padres estuvo ausente total o parcialmente; o bien, uno o ambos padres se mostraron sobreprotectores con sus hijos. Las personas que vivieron el abandono o la sobreprotección (o ambas, si un padre abandona y el otro sobreprotege para compensar la ausencia del otro), crecen con una profunda herida narcisista que determina buena parte de su personalidad y condiciona de manera negativa su conducta, hasta que deciden aceptarlo y tomar cartas en el asunto.

Es lamentable, pero resulta bastante común que los padres no sean conscientes de las dos principales responsabilidades que obtienen al momento de concebir una nueva vida: (1) favorecer que sus hijos se encuentren consigo mismos en cada etapa de su vida y (2) satisfacer sus necesidades biológicas y psicológicas en tanto aprenden de ellos a hacerlo por sí mismos.

Cuando no se recibe esto en casa, se forman las heridas que las personas llevarán el resto de su vida en lo más profundo de su estructura psíquica. Por ejemplo, una persona que sufrió abandono (o así lo interpretó durante sus primeros años de vida), crecerá sintiéndose insegura, insuficiente, inferior y, por ende, vulnerables a cualquier evento o persona que lo ponga en una situación de riesgo. Por su parte, aquella que fue sobreprotegida, crecerá sintiendo que es responsabilidad de los demás cuidar de ella y aprenderá a manipularlos sin el menor guiño de empatía y sensibilidad para lograr su cometido. De igual manera que el caso anterior, se siente insegura e insuficiente, pero lo esconde tras un enorme ego que usa como escudo cuando se siente en riesgo.

Como puedes intuir, es aquí donde se origina buena parte del desequilibrio psicoemocional (y sus consecuencias físicas) que provoca el bicho: tanto la persona que fue abandonada como la que fue sobreprotegida (o ambas), se siente altamente vulnerable ante el riesgo que implica el contagio: carecer de los medios económicos suficientes para hacer frente a la enfermedad, la probabilidad de morir y, encima, de tener que pasar por todo esto en soledad debido por las medidas de aislamiento.

Al percibirse en riesgo, se disparan las alarmas y una serie de mecanismos inconscientes que detonan estas personas un miedo irracional ante una situación donde la vida corre peligro y existe el riesgo de tener que afrontarla sin el apoyo y protección de los seres queridos (que, para la mente inconsciente, son los encargados de cuidarlas y protegerlas). Y como pasaba cuando eran bebés o niñas pequeñas, tienen una reacción meramente emocional cuando sienten que su vida peligra, ya que la parte de su cerebro que tiene la función de razonar apenas estaba comenzando a formarse. De ahí la intensidad, impulsividad e irracionalidad en su reacción ante aquello que las hace sentir vulnerables.

La personalidad programada

Entre los 5 o 7 primeros años de vida se concreta la programación de tu personalidad. Ésta no es sino el producto de las circunstancias en las que naciste y creciste, de la opinión y expectativas de quienes te rodearon en esos años, y de las interpretaciones emocionales que realizaste de tus vivencias (que no necesariamente son consistentes con la realidad, a veces son solo la interpretación que les diste en ese momento). Esta personalidad no eres tú, sino lo que los demás esperan de ti. Tú no elegiste la mayor parte de los componentes de esta personalidad, los eligió alguien más por ti o los elaboraste con la parte más primitiva de tu cerebro. En la actualidad, a esos mismos eventos y estímulos recibidos les asignarías otro significado si se repitieran exactamente igual que entonces. Pero en aquel período se convirtieron en creencias que condicionan tu percepción de ti mismo, de tu realidad y tu destino.

Conforme fuiste creciendo, aprendiste a llamarle “yo” a todo ese cúmulo de información: “yo soy esto o aquello”, “yo soy tal o cual”. Sin embargo, eso no eres tú, tu esencia. Es la personalidad mundana que solo existe en tu mente, que, además, no fue programada por ti sino por las entidades que te controlan y antes de nacer definieron tu entorno y el impacto que tendría éste a lo largo de tu vida.

Se supone que la adolescencia es la etapa donde se cuestionan esas creencias y se emprende una búsqueda del verdadero “Yo”. Sin embargo, la mayor parte de las veces, esa experimentación de realidades distintas a la programación original es coartada por el entorno o por diversas circunstancias que impiden al individuo encontrarse consigo mismo.

Es por eso que pasan los años y en la mente inconsciente permanece incólume la programación original y opera desde la sombra haciéndose pasar por un “yo” que no es más que un niño pequeño herido, desprotegido, inseguro, vulnerable y a la defensiva, que va por la vida buscando quién llene el vacío de atención, cuidado y amor que no tuvo en sus primeros años y lo marcó para siempre.

De esta manera, el niño va buscando a papá y/o a mamá en las personas con las que se relaciona. Y para su mala suerte, termina replicando el trato que recibió en casa en la mayoría de los vínculos que genera a lo largo de la vida. Incluso llegando a ignorar o rechazar a quienes no encajan en ese patrón. De ahí que las personas que sufrieron abandono se aferrarán a cualquiera que les muestre interés o les diga lo que quieren escuchar; mientras que los que fueron sobreprotegidos buscarán personas que los idealicen y a las que puedan manipular a su antojo. Estas pautas de vinculación son las que conocen, donde se sienten cómodos. Podrán ser terriblemente infelices, pero es donde su mente inconsciente los lleva porque es lo que se ajusta a su programación de origen. Podrán pasar por su vida cientos de oportunidades distintas, pero por lo general terminan perpetuando la realidad de sus primeros años de vida.

El bicho como un riesgo

Cuando (re)aparece el bicho acompañado de toda la narrativa de crisis, soledad y muerte, las carencias que viven en la mente inconsciente explotan. Inmediatamente se activa esa personalidad infantil que muere de miedo, se siente vulnerable y se percibe en riesgo. Esa parte se originó durante la infancia, por lo tanto, su percepción de la realidad es limitada e interpretada desde las heridas. Es así que comienza a fluir una cascada de pensamientos negativos, que generan emociones negativas, que a su vez terminan traduciéndose en conductas negativas. Y como esa parte de la personalidad solo cuenta con los recursos propios de un niño, su reacción ante lo que percibe como un riesgo termina siendo inmadura, irracional e incontrolable (como un bebé que llora sin parar deseando que llegue mamá o papá y lo coja en brazos).

Por lo general, estas personas buscan llamar la atención de quienes les rodean con ataques de pánico o episodios de ansiedad desbordada. Cada que se sienten en riesgo, se activa esa personalidad y su estructura biológica y psicológica adopta los mismos rasgos de cuando eran niñas: taquicardias, incapacidad para respirar, llanto incontrolable, miedo paralizante, etcétera.

Quien observa desde fuera, puede percibir con facilidad las reacciones de un niño asustado en el cuerpo de un adulto. Incluso hasta la voz y la postura corporal corresponden a las de un niño que busca la protección de alguien más grande.

A las personas que crecieron en circunstancias de desprotección y vulnerabilidad, estas reacciones las han acompañado toda su vida. Pero quizás no habían llegado al punto de convertirse en ataques de ansiedad, debido a que el riesgo percibido no había abarcado en un mismo evento las cuatro variables que más hacen sentir vulnerable a un ser humano: soledad, carencia, enfermedad y muerte. Dicha vulnerabilidad se traduce en ansiedad, por medio de la cual buscan llamar la atención de un adulto que se encargue de ellas. Si obtiene lo que necesita, compensa el abandono de la infancia y calma su ansiedad, al menos hasta que surja algo que vuelva a hacerla sentir en riesgo. Si no logra su cometido, los episodios de ansiedad incrementan su intensidad y sus síntomas son cada vez más incapacitantes. En cualquiera de los dos casos, a nivel inconsciente está invitando a que las personas a las que puede recurrir en busca de ayuda se alejen, y de esta manera, recrear la situación de abandono en la que se reafirma una y otra vez a lo largo de su vida.

Por su parte, quien fue criado en ambientes de sobreprotección proyectará su necesidad de sentirse seguro sobreprotegiendo a todos a su alrededor. Su postura será rígida, imperturbable, la del fuerte que se encarga de los demás, pero en su interior, el miedo lo carcome y desea profusamente que alguien lo proteja tanto como él intenta proteger a otros. Pero al carecer de empatía, termina imponiendo su punto de vista y manipulando a todos en su entorno para que se adhieran a él y hagan lo que consideran correcto. Estas conductas causan un impacto negativo a su alrededor, generan tensión y malestar en quienes están cerca y se sienten invadidos y descalificados por quien pretende tener el control. Eventualmente surge la necesidad de fijar límites, mismos que no toleran las personas que fueron sobreprotegidas, simple y llanamente porque nadie se los puso antes y no van a venir a hacerlo ahora, ¡mucho menos en una situación apremiante de la que “él tiene que hacerse cargo”! Esta postura propicia que la presión aumente, motiva el conflicto y genera rechazo. No es de extrañar que con el tiempo estos vínculos terminen en rupturas, casi siempre, envueltas en grandes dramas.

Por si fuera poco, la narrativa oficial que propaga incesantemente el miedo y la sensación de que la vida está en riesgo, estimula las heridas infantiles más profundas que, a su vez, detonan reacciones primitivas e irracionales en adultos que pierden el control de sí mismos y se dejan gobernar, sin darse cuenta, por sus niños ansiosos que mueren de miedo. ¿Te los imaginas como cabeza de familia, dirigiendo equipos de trabajo o definiendo políticas públicas? Niños asustados que no son capaces ni de controlar sus propios pensamientos, ya no digamos sus acciones, intentando imponer su percepción fatalista o demasiado laxa de la realidad, y buscando controlar a todos a su alrededor ante su incapacidad de controlarse a sí mismos. Sobreprotegiendo a los demás sin darse cuenta de que proyecta en otros las necesidades de su niño interior, siendo éste a quien debe brindar contención y protección antes que a nadie. Pidiendo (o exigiendo) con cada explosión de control o cada brote de ansiedad, la atención de las personas que las rodean, a las que endosa la responsabilidad de hacerse responsables de cargar sus miedos y llenar sus vacíos internos. De esta manera obtienen un bálsamo placentero, pero efímero y pasajero al dolor que provocaron otros adultos durante su infancia. No obstante, no son conscientes de que eso representa una pesada carga que los lastima y eventualmente enferma su cuerpo, pero también cansa y aleja a las personas a su alrededor, o peor aún, termina enfrascándolas en relaciones disfuncionales basadas en sus heridas narcisistas que se traducen en relaciones establecidas sobre una profunda y destructiva dependencia emocional. 

En la enfermedad está el remedio

Como dije al principio, esta no es la realidad de todos los seres humanos, pero sí la de una buena parte. Si te viste reflejado en esta publicación o viste a personas con las que convives, ten en cuenta que el contexto actual representa una enorme oportunidad para madurar y para encontrarse con uno mismo. Pero esto solo es posible si se trascienden las heridas del pasado, enfrentándolo y sanándolo. Nadie puede aspirar a salir de esta prisión cuando ni siquiera es capaz de tomar el control de sí mismo.

Es tiempo de voltear al pasado sin miedo, con mucho amor, y resolverlo de una vez por todas. Esto traerá unos beneficios incalculables a tu realidad actual y comenzarás a llenar contigo mismo el vacío que generaron tus circunstancias. Superar aquello que te condicionó a vivir en una constante de dolor y sufrimiento, representa hacerte responsable de ti mismo y eso es vivir en amor. Superar la adversidad que la oscuridad te impuso para dominarte y explotarte, dotarte de recursos interiores sólidos para gestionar el presente –por duro y adverso que sea–, dedicar tu tiempo y energía a encontrar tu esencia entre todo el sufrimiento del pasado, rescatarla, sanarla y manifestarla en tu vida presente, eso es vivir en amor. El amor no es un cuento de hadas, muchas veces es una película de terror, cuyo final depende de hacer lo que se tiene que hacer para transformar el dolor en experiencia, la experiencia en sabiduría y la sabiduría en conciencia.

El trabajo interior libera. Cada paso que se avanza representa un eslabón menos en la larga y pesada cadena que te aprisiona en este plano. Dejar de ser lo que determinaron otros y tus circunstancias generadas por otros, te acerca más a tu esencia y solo siendo tú lograrás reintegrarte con ella cuando llegue el momento. Mientras sigas siendo esclavo de tú pasado y de la interpretación que le da tu mente, seguirás anclado a este plano, arraigado a tu programación y cumpliendo con sumisión el destino que otros eligieron para ti.

La solución está en el problema. La situación sanitaria global ha sido la peor pesadilla para unos, pero la oportunidad de la vida para otros. Lo que hagas y dejes de hacer en este tercer acto de la obra (2022), será determinante para tu destino. Será mejor que tomes en tus manos la responsabilidad de salir de aquí y no lo dejes a la suerte. Tu suerte ya está echada y te espera un escenario tan tenebroso que ni siquiera alcanzas a imaginarlo. De ti depende transformar la situación a tu favor liberándote de una vez y para siempre. Nadie te lo va a regalar, nadie lo va a hacer por ti, nadie va a asumir la responsabilidad que te toca a ti y solo a ti. Así que elige, ¿enfrentas el período más determinante de la historia desde el niño herido o desde el adulto consciente?