Aniquilar al impostor

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“Eso no es para ti.” “No eres suficientemente bueno.” “Te vas a morir de hambre si te dedicas a eso.” “Déjate de tonterías, comienza a tomarte la vida en serio.” “¡Hasta cuando irás a madurar!” “Eso es para perdedores y en esta familia no toleramos la mediocridad.” “Ubícate, esas no son tus circunstancias.” ¿Alguna vez escuchaste alguna de estas oraciones? Si la respuesta es afirmativa, es muy probable que tengas un talento frustrado (o más de uno). Pero no solo eso: fuiste programado para negar tu esencia, es decir, negarte a ti mismo a fin de alcanzar las expectativas de alguien más.

Los cinco o siete primeros años de vida, son clave para la programación de cualquier humano. Todo lo aprendido en ese período es clave para la formación de la propia identidad. Una identidad meramente mundana que poco o nada tiene que ver con nuestra esencia.

A menudo se confunden palabras como identidad, personalidad, temperamento, carácter y algunas otras, con la esencia misma del Ser. Las primeras conforman el Yo, que no es más que la programación que recibe la mente a través de un complejo sistema de creencias que determina la realidad del individuo en el plano material. La esencia, como ya dije, es la manifestación genuina del Ser. De lo que se es de origen, más allá del cuerpo, la mente, las emociones y la interpretación de la realidad que nos permiten los limitados cinco sentidos del cuerpo y nuestra historia personal.

La inmensa mayoría de la humanidad vive toda(s) su(s) vida(s) atrapada en una falsa idea de sí mismo, heredada de un extenso patrón genético y aprendida del entorno en que se desenvuelve durante los primeros años de vida. Ni hablar de los condicionamientos recibidos en un plano energético previo a cada encarnación que muchos llaman “destino” o “voluntad divina”.

Hay quienes se atreven a confrontar esa programación original y se desarrollan a nivel psicoemocional. Con dedicación, esfuerzo y constancia, se disocian del Yo programado y desarrollan un Yo más auténtico que deja ver un ligero destello de su esencia, pero sigue siendo producto de su naturaleza mundana y solo les alcanza para adaptarse al medio teniendo una ligera sensación de control y libertad que lejos se encuentra del Ser. A éste lo encuentra la conciencia, no la mente. Con lo que no quiero descalificar el proceso de desprogramación del Yo y el desarrollo del Yo más auténtico (en términos psicoanalíticos, el Yo ideal y el Yo real, respectivamente). Por el contrario, estos son los cimientos del edificio y mientras más profundos sean, el despertar de la conciencia es mayor. Un grave error en nuestros días es pensar que se puede evitar esta parte, por eso no se llega lejos. Para saber quién eres, primero debes saber quién no eres. No puedes ver tu verdadero rostro si te sigues identificando con la máscara.

Uno de los mayores obstáculos a los que se enfrenta una persona que está en busca de sí misma, es el impostor. Y no me refiero al Yo que usurpa el lugar del Ser, sino a esa parte de su personalidad que se encarga de sabotear una buena parte de los intentos de ser sí misma. Me explico con un ejemplo:

Pensemos en alguien en cuya esencia se encuentra la vocación por la enseñanza, por generar y transmitir conocimiento, pero tuvo una madre que siempre lo educó para que dependiera de ella – por lo tanto, le enviaba un mensaje tácito de que lo consideraba un tonto-, y un padre ausente -que, entre otras cosas, se interpreta en la mente infantil como que no se es suficiente y por eso papá prefiere estar lejos-.

Imaginemos que un día la profesora le pide que investigue un tema y prepare una presentación para el resto de la clase. Lo que sucede en la mente inconsciente de ese niño es que echa a andar un andamiaje de pensamientos, emociones y conductas cuya finalidad es que se cumpla la “profecía” de seguir siendo un tonto que nunca es suficiente, y, por ende, carece de la aceptación y el reconocimiento propio y ajeno. En este soliloquio interno que se lleva a cabo en el inconsciente, surgen pensamientos como “no lo vas a hacer bien”, “esto es muy difícil”, “se van a burlar de ti porque eres un tonto”, etcétera. Estos pensamientos negativos generan emociones negativas como el miedo, y éste será la base de la conducta de ese niño. Como es de suponer, la presentación del trabajo será un completo fracaso que se repetirá cada vez que el niño se acerque a algo que lo lleve a modificar la programación que recibió. El niño crecerá y se convertirá en un adulto frustrado, esclavo de su propia mente.  

No es que carezca de habilidades, que tenga mala suerte o que los astros no lo favorezcan. Sino que se siente un impostor al tener que transmitir conocimiento. ¿Cómo un tonto que nunca es suficiente va a poder enseñar algo, por mínimo que sea? La inseguridad, la desconfianza y el miedo se apoderan de él y lo llevan a cometer toda clase de errores u omisiones que incluso llegan a la somatización de padecimientos y enfermedades incapacitantes si no se atiende el origen emocional de las mismas.

De esta manera, muchas personas dejan de hacer música, de pintar, practicar algún deporte o prepararse para ejercer determinada profesión. Y si por algo se acercan a ello, lo hacen cargando en su espalda el terrible peso inconsciente de sentirse unos impostores que sienten culpa y vergüenza de ser sí mismos.

Hay dos formas de identificar esta figura: los sueños frustrados y la falsa modestia.

El primero es obvio. Tuve un amigo poeta con una sensibilidad y talento extraordinarios. El tipo se dedicaba a la administración de empresas y en sus tiempos libres, cada vez más cortos, se sentaba a escribir. Por lo general se quedaba dormido con el lápiz en la mano o se distraía con cualquier cosa. Tardaba semanas, a veces meses, en escribir un par de versos. Una vez se puso el objetivo de ahorrar para autopublicar un poemario. Decía que esa era la mejor motivación para sentarse a escribir. Nunca tuvo ni el dinero ni el material suficiente para su libro. En un par de años solo escribió un poema que tituló “La obra que nunca fue”. Lo regaló a una revista con la condición de que lo publicaran bajo un seudónimo.

Ahí tienes al impostor en todo su esplendor. Su sueño frustrado era haber estudiado letras para dedicarse a escribir y a la vida académica. En su lugar estudió una carrera que le aseguraba un lugar en la exitosa empresa de su padre y un ingreso suficiente para mantener a su familia. No solo se saboteó el futuro como poeta, sino que se metía el pie cada que quería escribir. Ni siquiera usó su nombre en aquella publicación, no fuera a ser que le llovieran críticas por “no ser suficientemente bueno”.

La segunda manera de identificar al impostor es a través de la falsa modestia, una característica tan arraigada en nuestra Latinoamérica:

– ¡Qué rica te quedó la comida, te luciste!

– Pero nunca tan rica como la tuya, amiga.

O bien:

– ¡Felicidades por la nota que obtuviste!

– Gracias, pero no es para tanto.

En estos casos, las respuestas no son las de una persona humilde, sino de quien se siente un impostor cuando realiza una tarea con éxito. Por lo general son personas con heridas de rechazo y con una marcada sensación de que nunca alcanzaron las expectativas de su entorno. Por ende, crecen con la carencia de aceptación y reconocimiento de su círculo más cercano, que deriva en una falta de aceptación y reconocimiento propios. Cuando alguien más los reconoce, en automático se sienten impostores. 

Hace algunos años me buscó una artista de facultades excepcionales, pero que no podía traducir eso en un ingreso económico digno. A pesar de que tenía un proceso de desarrollo interior bastante considerable, también tenía una alta resistencia a abrirse e indagar en lo que pudiera estarle afectando. Venía conmigo a decirme qué trabajar y no aceptaba con facilidad que le dijera cómo. Su negación de la realidad era muy evidente desde fuera. Poco a poco se dejó encapsular por sus propios miedos. El principal de ellos, el miedo a ser ella misma. Se sentía una tremenda impostora si se aceptaba como el ser excepcional que es y se mostraba con tal.  En su lugar, se escondía en el anonimato. Siempre buscaba quedar en el lugar de dar, nunca de recibir. Esto se manifestaba de muchas maneras, la más notoria es que ella nunca se refería a sí misma como artista, pero a otros hasta maestros les llamaba. Su obra nunca era suficientemente buena ante su mirada crítica, pero a la obra ajena le daba un lugar de privilegio. Se descalificaba a través del humor, siempre hacía chistes sobre ella y su trabajo. Le costaba mucho trabajo dar por terminada una obra, corregía y corregía para no terminar y tener que publicar su trabajo. Muy en el fondo le aterraba sentirse expuesta al escrutinio público, no fuera a ser que se descubriera que era una impostora.

Ella no se sentía lo suficientemente buena y se escondía tras cualquier cantidad de pretextos para no llamarse a sí misma “artista” y mostrar su trabajo al público general. En lugar de ello, se conformaba con un pequeño grupo de personas que la buscaban y donde ella se sentía en control de la situación. Decía que “al arte la está matando el ego de los artistas”, por eso ella se negaba a “presumir su obra en las redes”. Cada que emprendía alguna estrategia para dar a conocer su trabajo, le pasaba de todo: se caía la página web, le hackeaban el portal, le cerraban la cuenta de la red social, la plagiaban, etcétera. Tal era su inseguridad que la proyectaba a su realidad de manera inconsciente, a fin de sabotear cualquier intento de ser ella. Y por supuesto que nunca lo aceptaba, ya tenía el discurso bien armado para justificarse diciendo que “el camino de la creatividad es muy accidentado, pero son los obstáculos los detonadores de las grandes ideas”. Pretextos, muy bien elaborados, peo al fin pretextos.

Por si te lo preguntabas, desconozco qué fue de ella. Un día ya no volvió más. Su negación a aceptar la realidad -por dolorosa que fuera- y modificarla, fue su mayor obstáculo. Reconocer a la figura del impostor es la parte más difícil del proceso. Una vez que se toma conciencia de ella y de su origen, se tiene la mayor parte del camino andada.

Para terminar, descubrir en qué momento te sientes el impostor, es darte cuenta que estás identificándote con una alguien que no eres y comportándote de acuerdo a una programación que recibiste de fuentes externas, tanto de este como de otros planos. Es imposible salir de aquí y reintegrarte a tu esencia siendo alguien que no eres. De ahí la importancia de descubrir en ti al impostor y aniquilarlo. Mientras más conoces a esa figura, mientras más te permites superar tus miedos, inseguridades, heridas, traumas y todo aquello que te provoca desconfianza, más descubres quién eres. Y cuando te identificas con quien realmente eres y te conduces en la vida desde tu esencia, más abres la puerta para salir de la prisión. De otra manera estás condenado a vivir en la mentira que te crearon y a perpetuar el personaje que te gobierna.

El tiempo sigue su curso, ya no hay mañana. Si no aniquilas al impostor, él te aniquilará a ti.